sábado, 13 de junio de 2015

Ciclo Segunda Guerra Mundial : Documento Nº 5: “PEARL HARBOR”


1941: 7 DE DICIEMBRE, 7.30 HORAS: Sin una declaración previa de guerra más de 400 aviones japoneses dejaron caer su mortífera carga de fuego y  metralla sobre la  flota norteamericana del Pacífico, anclada en la bahía de Pearl Harbor, en la isla de Oahú (archipiélago de Hawai). Murieron 2403 hombres y 18 barcos se hundieron o fueron seriamente averiados en aquel día fatal.


La euforia llenó el corazón de los atacantes que, a través de la radio, transmitieron a su portaaviones la frase clave: “¡Tora, tora, tora! (Tigre,tigre, tigre), confirmando que la sorpresa había sido total.

En esos momentos de júbilo , sólo algunos escasos estadistas nipones se dieron cuenta de que acababan de despertar a un tigre dormido, cuyas reacciones serían mortales para el imperio de Japón.

SE ACERCA LA TORMENTA .
Aprisionado en un pequeño territorio, pobre de materias primas e insuficiente para su numerosa población, Japón veía en Asia su ruta de expansión natural. Pero en su camino estaba Estados Unidos .

En la década de 1930, y luego de poco más de  diez años de paz mundial, los negros nubarrones de la guerra comenzaron a acumularse sobre los cielos de Europa.

El totalitarismo, ya fuese nazi-fascista o comunista, y los países perjudicados por el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial , clamaban por la revancha.

El pueblo norteamericano, recuperándose lentamente de la crisis económica de los años 30, no pensaba  que  tales nubarrones auguraran peligro para el. Creía que los anchos océanos que lo separaban de Europa y de Asia lo ponían a cubierto de los avatares  de cualquier conflicto global. Pero su Presidente Franklin Délano Roosevelt, sabía que si se dejaba que los líderes de la Alemania nazi y de la Italia fascista, Adolfo Hitler y Benito Mussolini, conquistasen Europa,  América iba a ser el siguiente objetivo de los regímenes totalitarios.

Sin embargo, no sería el conflicto europeo, iniciado en 1939 con el ataque de Alemania a Polonia, el que sacaría a los norteamericanos de su aislamiento tradicional. El golpe que abriría sus ojos a la realidad vendría del Oriente, del poderoso  y expansivo Imperio del Japón.

EXPANSIÓN NIPONA  .
A partir de 1931, el gobierno  japonés cada vez más dominado por la casta  militar de los antiguos samuráis, practicó una política de expansión creciente.

A la ocupación de Manchuria en 1932, siguió en 1937 una guerra no declarada con China. 

Simultáneamente, se había aproximado a la Alemania nazi, firmando en noviembre de 1936 el pacto anti-Comintern. Este estaba destinado a frenar la influencia de la Tercera Internacional, creada en Moscú en 1919 para difundir por todo el mundo el socialismo marxista.

Pero el imperio japonés carecía de un plan bélico totalizador. Mediante sucesivos actos de fuerza ( uno de los cuales fue la invasión a China) llevaba adelante una política de hechos consumados que, esperaba, serían suficientes para obligar a los anglosajones, enredados en el conflicto europeo, a aceptar una paz de compromiso. Un acuerdo que les asegurara la posesión de todos los territorios obtenidos hasta entonces.

Más, los planes japoneses de rápida expansión por el  área enfrentaban un obstáculo: la flota norteamericana del Pacífico, anclada en Pearl Harbor. La destrucción por sorpresa de la misma se presentaba ante los círculos militares de Tokio como la condición previa a todo posible movimiento hacia el sur del Pacífico.
El más feroz partidario de la entrada en guerra, el general Hideki Tojo, se convirtió en Primer Ministro del Japón en octubre de 1941, sucediendo en este cargo al príncipe Fumimaro Konoye , de orientación pacifista. Las ideas de Tojo eran conocidas por todos: consideraba imposible cualquier victoria sobre China si el sudeste asiático no era anexionado, y si los  Estados Unidos no se desinteresaban de los resistentes chinos.

Las relaciones entre Tokio y Washington eran más que frías. Cuando las tropas niponas entraron en Indochina en 1941, Roosevelt prohibió cualquier entrega de hierro o de acero e incluso de  petróleo, al Japón.
El presidente norteamericano pensaba que las únicas represalias eficaces contra este último eran paralizar sus industria.
El gobierno japonés había intentado organizar un encuentro entre Roosevelt y el príncipe Konoye, pero esta gestión no dio resultado.

 El plan del nuevo Primer Ministro Tojo era el siguiente. Iniciar otras negociaciones con los Estados Unidos y proponerles un acuerdo. Si estas conversaciones fracasaban, considerar la destrucción pura y simple de la flota americana en el Pacífico. Tojo no dudó un solo instante que el pueblo norteamericano, ablandado por una vida fácil y no conociendo la guerra más que de lejos, se dejaría vencer fácilmente.
En el mes de noviembre de 1941 el Primer Ministro nipón propuso varias soluciones a Washington: China entraría en el área de influencia de Japón,  dejando  este último durante 25 años, guarniciones en territorio ocupado.
Otra solución, más modesta que aquella: que los americanos reemprendieran sus intercambios comerciales con el Japón a cambio de que Tojo consintiera en evacuar Indochina.

Roosevelt rechazó ambas proposiciones, la primera porque le pareció contraria a los intereses de China, la segunda, porque convertía a los Estados Unidos en cómplice de su anexión al Japón.
La nota americana precisaba aún más: “Es imposible empujar a los chinos a un armisticio mientras los japoneses no dejen de expresar intenciones no pacíficas".

UN PLAN MAESTRO   .

El ataque a Pearl Harbor fue planeado hasta en sus últimos detalles por el comandante en Jefe de la Armada nipona, el almirante Isoroku Yamamoto, un hombre que no creía en la conveniencia de una guerra con Estados Unidos.
En 1940, al conocer los proyectos del belicoso Ministro de Guerra Hideki Tojo, en una carta dirigida al entonces príncipe Hidemaro Konoye, Yamamoto decía:
“Si me ordena pelear, sin tomar en cuenta las consecuencias, haré estragos durante los primeros meses, pero no tengo  absolutamente ninguna seguridad de que en el tiempo siguiente pueda hacer lo mismo. Se debe evitar una guerra con Estados Unidos.
Educado en la Universidad de Harvard, y habiendo cumplido las funciones de agregado naval  en Washington durante más de un año, Yamamoto conocía la potencialidad industrial norteamericana  y sabía que podía prepararse rápidamente. Entonces no habría posibilidades de defensa ni de éxito.

“Japón no podría después negociar con dignidad una paz en buenas condiciones”, advirtió el almirante. Pero nadie quiso escucharlo.
Soldado obediente, Yamamoto se entregó entonces a su tarea de preparar la estrategia de guerra de Japón. Más que político, era un nacionalista declarado. Igual que sus compatriotas, creía que su país estaba habitado por una raza superior, capaz de crear un “nuevo orden” en Asia. Y antes que sus consideraciones personales estaba su deber.
     Desde el punto de vista estratégico, el plan del almirante Yamamoto era genial. Creía en el triunfo de un ataque por sorpresa, pero no en la victoria final .
       
EL HALCÓN DE LA GUERRA  .
En octubre de 1941, cuando Hideki Tojo pasó de Ministro de Guerra a Primer Ministro, se dio paso al plan de ataque a Estados Unidos elaborado por Yamamoto. Este pensaba que había que destruir el poderío norteamericano en el Pacífico para poder iniciar la guerra con esperanzas de éxito.
El entrenamiento de las tropas niponas comenzó a fines de octubre, y el día X se fijó para el domingo 7 de diciembre de 1941.

El 26 de noviembre la fuerza de ataque, al mando del almirante Chiuchi Nagumo abandonó su punto de reunión: las islas kuriles, al norte del archipiélago. Estaba integrada por seis portaaviones escoltados por dos acorazados, nueve destructores y ocho petroleros.
En conjunto , los portaaviones llevaban 423 aparatos:  cazas, bombarderos horizontales, bombarderos en picada, torpederos.
Era la fuerza aérea más importante que se hubiese aventurado hasta entonces sobre el mar.
A este contingente se sumaron 27 submarinos de largo radio, que se adelantaron a los portaaviones para ubicarse en torno al archipiélago de Hawai. Cinco de ellos podían lanzar submarinos de bolsillo, de 15 metros de largo, armados con dos torpedos reducidos y tripulados por dos hombres.
Los jóvenes oficiales se disputaron el honor de tomar el mando de esas máquinas suicidas.
En tanto la flota avanzaba , los diplomáticos de Japón y Estados Unidos proseguían sus negociaciones en Washington, sabiendo estos últimos que la flota  se movía en la inmensidad del Pacífico, aunque sin tener claro hacia dónde.
Se pensaba que su destino era Filipinas, pero aún se creía posible un arreglo pacífico.

EL DÍA X  .
Mientras navegaba , el almirante Nagumo esperaba una  confirmación de su orden de ataque. De acuerdo a sus instrucciones, debía retornar si era descubierto antes del día X menos 2 . Si se lo sorprendía  entre X menos 2 y X, él mismo decidiría si atacaba o no. Devorado por el pesimismo, pasó las noches dando vueltas por su cabina del portaaviones Agaki.

El 1 de diciembre llegó la tan esperada confirmación. “Niitaha yama nobora”, “Suban al monte Nitaha”. Eso significaba que el gobierno de Tokio había tomado su  decisión y que la guerra era un hecho irreversible. Eso quería decir también que toda la máquina de guerra japonesa se ponía en marcha: las tropas que debían tomar la ciudad de Hong Kong se acercaban a ella; las que habían de invadir Malasia y Filipinas comenzaron a embarcarse.

Solamente  la expedición del almirante Nagumo no llevaba soldados, pues su propósito no era ocupar, sino destruir.
El 2 de diciembre Nagumo reveló a las tripulaciones lo que sólo conocían los pilotos: el objetivo de la misión era destruir la flota norteamericana del Pacífico, anclada en Pearl Harbor. Los gritos de entusiasmo escaparon de todas las gargantas.
Luego,  la rutina del mar volvió a dominar los barcos. Como negros fantasmas, las naves de la flota nipona siguieron navegando silenciosamente por las aguas del Pacífico hacia su destino. Para que el secreto de  la misión fuese total,  llevaban sus luces apagadas y los aparatos de radio desconectados.
Los pilotos mataban el tiempo jugando al Go, un típico juego oriental , o redactaban, en forma de testamentos, mensajes grandilocuentes a la posteridad.
Se recibieron dos noticias, una buena y otra mala.
La buena, que las autoridades militares de Hawai no habían desplegado aún la barrera de globos ni las redes paratorpedos recibidas del continente.
La mala era que los tres portaaviones de la escuadra norteamericana del Pacífico: el Enterprise, el Lexington y el Saratoga, no estaban en Pearl Harbor.
Sin embargo Nagumo consideró que los ocho acorazados presentes en la bahía de Oahú constituían la columna vertebral de la fuerza naval que debía destruir. Por lo tanto prosiguió la marcha.
El 7 de diciembre por la mañana, fecha de Hawai, la flota nipona alcanzó su posición de ataque, a unos 350 kilómetros de Oahú. Todos los aviadores se bañaron y cambiaron sus ropas. Muchos se ciñeron sobre el casco el hashikami, la franja de samurái, e hicieron sus devociones ante los altares sintoístas colocados  sobre el puente de despegue. El día se levantaba en el momento en que las formaciones de aviones emprendieron vuelo.

HAWAI  .
El archipiélago de Hawai es un grupo de 20 islas en el Pacífico Central, conocidas antiguamente como Islas Sandwich. De origen volcánico, están bordeadas de arrecifes de coral, siendo las mayores Molokai, Jauaiai, Maui, Hawai y Oahú.
Oahú está en el centro del archipiélago , cuya capital es Honolulu. A 15 kilómetros de esta ciudad está Pearl Harbor, puerto de las Perlas, una bahía comunicada con el mar abierto  por una boca de 350 metros de ancho. En medio de la bahía se encuentra  Ford Island.
Oahú es  casi un punto en la inmensidad del Pacífico separada de cualquier masa continental por enormes extensiones  de mar. Sin embargo los servicios de inteligencia  norteamericanos no descartaban la posibilidad de un ataque contra Pearl Harbor.
El 24 de enero de 1941 , el Secretario de Marina norteamericano, Frank Knox, dijo en una carta a su colega de Guerra:  “ Es muy posible que las hostilidades con Japón se abran por un ataque brusco contra la flota o la base de Pearl  Harbor”.
A esa advertencia se sumaron otras. El 26 de noviembre de 1941, el almirante Stark, jefe del Estado Mayor de la Marina, dirigió al almirante Husband E. Kimmel, jefe de la flota del Pacífico en Pearl Harbor, instrucciones que empezaban así:  “Este despacho debe ser considerado como una advertencia de guerra…..”. Por su parte, el jefe del estado mayor del Ejército, George C. Marshall, envió una advertencia análoga al teniente general Walter C. Short, jefe de las fuerzas terrestres en Hawai: “Son previsibles acciones violentas en cualquier momento….”.

El 26 de noviembre , fecha de la advertencia de Stark, la fuerza de ataque japonés acababa de zarpar. Seis días de navegación la separaban de su objetivo

Las autoridades de Hawai tenían todo el tiempo necesario para poner el archipiélago en estado de defensa.
Poseían medios para ellos: 9 acorazados, 3 portaaviones, 12 cruceros pesados, 9 cruceros ligeros, 67 destructores, 27 submarinos, dos divisiones de infantería, 43 mil hombres, 227 aviones, de los cuales 152 eran cazas.
Pero no hicieron nada. Jamás creyeron que se encontraban en la mira de la flota nipona, en la primera línea de fuego. Las Filipinas, Guama, Wake, Midway podían estar en peligro. Pero ¿Hawai? … No
¡TORA, TORA, TORA! .
Cuando los aviadores japoneses comprobaron que la sorpresa era total, radiaron a sus portaaviones la frase clave : ¡”TORA, TORA, TORA!” (Tigre, Tigre, Tigre)

 La aurora del domingo 7 de diciembre dejó al descubierto un día  de excepcional  esplendor, aún para Hawai. En la serena quietud de la mañana la luz del sol comenzó a dorar el verdor de la isla de Oahú, bordeada de playas de fina arena. En la de Waikiki, las olas rompían dejando una estela de espuma.
La base con asiento en la isla  aún dormía. La noche anterior, marinos, soldados y aviadores, habían salido de sus cuarteles con permiso, distribuyéndose en bailes y recepciones.
El mismo almirante Kimmel asistió a una , pero se retiró antes de las 10 de la noche, pues ese domingo pensaba jugar al golf con el general Short.
Toda esa paz idílica desapareció en un instante a las 07:30 horas, trocándose en un infierno en que descendían del cielo el fuego y la metralla.

DORMÍA CUANDO  .
El teniente Robert Overstreet dormía tranquilamente en una cabaña del bosque, cuando fue despertado por el estrépito espantoso. Se asomó y vio que muchos de sus compañeros habían abandonado el lecho, creyendo , al igual que él, que se registraba un terremoto-
-Se diría que son aviones japoneses comentó uno.
-No-replicó otro- es nuestra Marina, que realiza maniobras.
Y volvieron a sus literas. Instantes más tarde, el agitado teniente Skalwold irrumpió sin aliento en la pieza de Overstreet y con el rostro pálido le dijo:
¡Los japoneses atacan!
Overstreet se asomó a la ventana y vio una nube de aviones girando sobre la base  naval. En ese momento un agrupo se abalanzaba en picada sobre la isla y resultaba fácil reconocerlos, al punto que se divisaban las ametralladoras y el piloto.
 A medio vestir, los oficiales se precipitaron hacia el aeropuerto para trepar en sus aviones de caza. Pero otro oficial, en medio del estruendo que causó la explosión de las primeras bombas, señaló la pista de aterrizaje, donde los aviones agrupados parecían una brasa gigantesca.
En el plan del ataque japonés los primeros objetivos fueron los aeródromos , los centros de comunicación y la artillería antiaérea, para impedir la réplica . Después venían los navíos que , atascados en los muelles, en ordenadas filas eran blanco fácil.

ARDE LA FLOTA DEL PACÍFICO  .
El acorazado California estaba sólo, al final de la línea de naves gruesas. Fue el primero en ser alcanzado por los ataques  de los aviones torpederos, que lanzaban los proyectiles más potentes conocidos hasta entonces en la Segunda Guerra Mundial y cuyo mecanismo era un prodigio de ingeniería..
En escasos minutos el infierno cayó sobre el resto de los navíos. Mientras el California, ardiendo como una hoguera, se inclinaba, atracado de costado a tierra, se protegía tras el Oklahoma, que recibió cuatro torpedos antes de un minuto. Rápidamente este último empezó a hacer agua y poco después se hundió por la popa, levantando la quilla hacia el cielo en medio de las llamas, el humo y el ulular de las sirenas. En su interior quedaron prisioneros 400 hombres, incluso su capitán. Nadie alcanzó a cumplir su orden de abandonar el buque.
En la hilera seguían el Tenessee  y el West Virginia. Ambos fueron alcanzados. Un avión de altura tenía en su mira al Arizona, sobre el cual dejó caer cinco bombas. Una penetró por la chimenea del buque momentos después explotaron 800 kilos de pólvora negra, convirtiendo el buque en una hoguera que no se extinguiría antes de varios días. Más de un millar de hombres murió entre las llamas. A su lado el vientre del Oklahoma, que se había hundido dando vuelta de campana, emergía grotescamente.
En medio de la confusión , el Nevada, hundiéndose se dirigía a la playa.
Tan sólo el Pennsylvania, varado en un dique seco, había escapado.
En el cielo, entretanto, sólo se veían aviones japoneses que pasaban en oleadas dejando caer su carga mortal. En tierra, Pearl Harbor y sus alrededores eran la representación misma del caos.
Mientras duró el ataque, los aviadores norteamericanos habían realizado valerosos esfuerzos para salir y ofrecer resistencia en los pocos aviones que se salvaron de la agresión. En medio de una frenética arremetida, lograron derribar algunos aparatos.
Desde tierra, unas pocas baterías antiaéreas les acompañaron en su acción, disparando mientras los defensores gritaban enfurecidos a los atacantes.

UN GOLPE CASI MORTAL  .
Los aparatos de la primera oleada del ataque japonés demoraron casi una hora en completar su tarea. Cuando se retiraban, una segunda oleada llegó con su mortífera carga para rematar la acción de los primeros.
En el transcurso de otra, inutilizaron los buques y elementos de guerra que habían escapado a sus antecesores, y especialmente los buques menos damnificados.
La aviación nipona sugirió un tercer ataque inmediato, pero el almirante Nagumo optó por retirarse, sin haber destruido los talleres de la base y los gigantescos depósitos de combustibles. Inmediatamente después que los aviones de la última oleada alcanzaron la  escuadra atacante, aterrizando en su portaaviones, ordenó izar banderas de señales  y la flota viró de inmediato, y a toda máquina rumbo al norte.

ALERTA ALERTA .
El almirante Kimmel fue avisado  del ataque  mientras se preparaba para su partida de golf. Cuando llegó el automóvil que lo debía conducir al cuartel general, el bombardeo estaba en su punto culminante.
Los aviones torpederos volaban de un lado a otro de la bahía, tan bajo que casi se  alcanzaban a tocar, lanzando sus letales máquinas entre las entrañas de los barcos de guerra, mientras los bombarderos en picada descendían como aves de presa sobre los seis aeródromos de la base.
Desde arriba, los bombarderos de  altura dejaban caer una lluvia de mortíferos proyectiles, y los de combate entraban y salían como avispas, acosando con sus ametralladoras.
El estruendo de las bombas, el silbido  de las balas, el rugir de los motores de los aviones, el estampido de los cañones de los sorprendidos defensores que  ya habían empezado a escupir fuego desde todos los rincones de Pearl Harbor, el ácido olor de los incendios, todo se mezclaba en una caótica sinfonía de ruidos digna del más negro rincón del infierno.
 La mayoría de los norteamericanos, cogidos de improviso en medio de esa atroz carnicería, quedaron paralizados momentáneamente. Aturdido, desconcertado Kimmel se precipitó a su despacho. Tenía el rostro demudado y en él se pintaba la desolación al tratar de recobrar la calma entre las ruinas  de su mundo que se desplomaba.
Desde su oficina, ordenó lanzar al aire un mensaje que, más que una petición de ayuda, fue una advertencia que dio la vuelta al mundo y sirvió  para que Washington supiera de la agresión nipona.
-          Ataque aéreo sobre Pearl Harbor. No se trata de ejercicios. ¡AMÉRICA DESPIERTA!

En Washington, el Secretario de Marina Frank Knox se encontraba en su despacho cuando el Jefe de Operaciones , el almirante Stark, se abalanzó en la oficina para entregarle el mensaje de Kimmel.
-          ¡Dios mío, esto no es posible-murmuró Knox- seguramente se trata de las Filipinas!
De inmediato llamó a la Casa Blanca e informó al Presidente Roosevelt. Este tomó la mala nueva con calma.
       - Si esta noticia es verídica-dijo- ya nada puede librarnos de la guerra.

LA IRA DE UN PUEBLO .
Los norteamericanos recibieron la noticia a las 14:26 horas del mismo día 7 de diciembre . Todos fueron cogidos por la sorpresa, pero este sentimiento cedió de inmediato ante una ira increíble. Este ataque, sin declaración de guerra, fue u duro despertar que los obligó a ver el conflicto europeo , extendido ya a Asia y África, no como algo lejano y ajeno, sino como algo próximo y propio.
Al hablar a su pueblo, Roosevelt dijo:
-          Hemos podido comprobar que la guerra moderna es un negocio repugnante. No queríamos entrar en ella, pero en ella estamos y vamos a combatir con todos nuestros recursos.

En el Senado , la declaración de guerra a Japón se votó con la unanimidad de los 81 presentes. En la Cámara sólo hubo un sufragio en contra, el de una solterona de Montana, Jeanette Rankin, que había votado contra la guerra en 1917 y en 1941 insistía.

EMBRIAGUEZ DE TRIUNFO  .
En Japón , el entusiasmo provocado por el éxito de Pearl Harbor fue formidable. El regreso de los vencedores  provocó  un delirio patriótico. Solamente Yamamoto, el artífice del triunfo, permanecía sobrio en medio de una masa histérica e hizo notar que no se habían alcanzado a los portaaviones , que los acorazados destruidos eran barcos viejos, que la potencia norteamericana seguía siendo colosal y que esperaban al país combates desesperados.
Sus funestos presagios no fueron atendidos, aunque el tiempo le daría la razón .

“GRACIAS A DIOS…” .
Entretanto el Primer Ministro inglés Winston Churchill, supo la nueva del ataque a Pearl Harbor mientras cenaba con el embajador norteamericano en Gran Bretaña. Durante la reunión, una radio cercana transmitía música y noticias. De repente, algo se dijo sobre Hawai.
-          ¿He oído bien? –preguntó Churchill-los japoneses han bombardeado los barcos norteamericanos en Hawai.
Sus invitados no habían escuchado nada
Pero la duda sólo duró un instante. El mayordomo confirmó:
-Sir, es verdad; lo hemos oído en el office. Los japoneses han atacado a los norteamericanos en Pearl Harbor

Como un loco, Churchill se precipitó a su secretario y llamó a Roosevelt  por teléfono. La voz de éste le confirmó la agresión, su salvajismo, su perfidia. Churchill resplandeció.
-Ahora-añadió el Presidente norteamericano- estamos en el mismo barco.
Esa noche, el Primer Ministro inglés rezó en silencio: “Gracias a Dios, ahora no estamos solos”.

COMIENZO DEL FIN .

El 15 de diciembre de 1941, una semana después del ataque a Pearl Harbor, el conflicto que en un comienzo sólo  involucró a algunos países del Viejo Continente , se volvió total. Cuarenta y cinco países estaban  en guerra, 15 de ellos desde hacía menos de  ocho días.
De los 45, diez adhirieron a la coalición , formada por el Eje Berlín-Roma-Tokio. Pero el mapa de la guerra les era favorable, ya que dominaban la casi totalidad de la Europa continental, las partes más ricas de la Unión Soviética y las provincias más pobladas de China. Aún se hizo más favorable con las rápidas conquistas japonesas en el Pacífico.

Sin embargo, paulatinamente el equilibrio de fuerzas se inclinó en detrimento del Eje. La superioridad inicial nacida de la agresión disminuyó sin cesar; la superioridad resultante de la preponderancia de los recursos, de la potencia industrial, del dominio de los mares, aumentó hasta hacerse insostenible.

EL PRECIO DE UNA VICTORIA .
La euforia del triunfo nipón fue corta. Poco a poco, Estados Unidos reemplazó los barcos perdidos por otros mejores, e incrementó su número. Luego se volcó al Pacífico y recuperó con creces cada pulgada de terreno que algún día estuviera en sus manos, hasta que acorraló al Imperio del Japón en su isla, y de allí lo conminó   rendirse.
Pero la orgullosa estirpe de los samuráis no quiso entender que  todo estaba perdido. Prefería inmolar hasta el último hombre antes de reconocer la derrota. Entonces se empleó el argumento decisivo. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki por el juego atómico. Japón debió doblar la cerviz, y en la cubierta de un barco norteamericano anclado en la bahía de Tokio firmó su capitulación.
El almirante Hideki Tojo, el agresivo ministro partidario del enfrentamiento, terminó su vida en 1948 , ejecutado como criminal de guerra. Antes que él había muerto Yamamoto, el genial artífice del   ataque a Pearl Harbor, durante una inspección que hacía al frente de batalla el 18 de abril de 1943. El servicio secreto de los Estados Unidos, que había descifrado la clave japonesa, sabía donde se dirigía a qué hora y de qué manera viajaría. La infalible puntualidad del almirante lo perdió y lo hizo caer en una emboscada que le tendió una escuadrilla de aviones sobre las selvas tropicales de Bungavilla (Islas Salomón, en el Pacífico Sur)


Fuente: Diario La Tercera: Suplemento “Grandes EPISODIOS de la Historia: “PEARL HARBOR”. Santiago de Chile, s/f, pp 46

ANEXOS  .
El enigma del soldado desconocido que desapareció en Pearl Harbor  .Tras el ataque se perdió la pista del estadounidense Edwin Hopkins. Ahora, 74 años después, sus restos han sido encontrados y serán repatriados hasta su hogar

Han pasado unos 74 años desde que el estadounidense Edwin Hopkins desapareció sin dejar rastro después de que los japoneses atacaran Pearl Harbor. El que aquel 7 de diciembre de 1941 los nipones enviaran al fondo del mar el buque en el que navegaba (el «USS Oklahoma») hizo suponer a sus familiares, amigos y al propio gobierno de los Estados Unidos que había fallecido. Sin embargo, esto no se corroboró hasta el pasado 2008, cuando se analizaron una serie de esqueletos en una tumba común de varios marineros y se halló su cuerpo. Ahora, 6 veranos después de aquella noticia, su familia ha logrado finalmente que los restos de aquel joven vuelvan hasta su hogar de una vez por todas.
La triste historia de este marinero, tal y como afirma la versión digital de la cadena «BBC», empezó cuando Estados Unidos comenzó a alistar una ingente cantidad de combatientes después de que los nazis tomaran, en menos de un mes, Francia. Fue en ese momento cuando el hermano mayor de Hopkins y uno de sus primos decidieron unirse a la marina para combatir en una guerra que, según se barruntaba, podría atravesar el charco más pronto que tarde. Edwin siguió su camino al cumplir los 18.
Meses después, el más pequeño de los Hopkins presentes en el ejército fue destinado en el «USS Oklahoma», un acorazado de la clase Nevada que había participado en la Primera Guerra Mundial. Desde allí, Edwin envió una postal con la fotografía del buque a su familia. Estaba orgulloso de servir en él. «En la carta decía que había subido al Oklahoma con rumbo a Hawái. Se la mandó a su madre y eso fue todo», señala, en declaraciones recogidas por la cadena británica Tom Gray, uno de sus primos.
En 1941, la suerte de Hopkins se tornó negra, pues el Oklahoma se hallaba amarrado cerca de la base de Pearl Harbor, la cual fua atacada por la fuerza aérea japonesa el 7 de diciembre. Aquella jornada, el «USS Oklahoma» fue el primer buque impactado por las bombas niponas y se hundió en el fondo de las aguas en menos de 15 minutos. «Edwin era un bombero de tercera clase y, seguramente, se encontraba en lo más profundo de la bodega del barco cuando fue torpedeado. Eso fue lo último que supimos de él» finaliza Grey.
A partir de ese momento, Edwin desapareció de la faz de la Tierra. Lo mismo pasó con otros tantos de los 429 oficiales y suboficiales que fallecieron –presuntamente- a bordo del «USS Oklahoma». Muchos de ellos, de hecho, no serían hallados hasta las posteriores partidas de rescate de los cadáveres que se realizaron entre 1942 y 1944 y, de esos, el ejército tan solo identificó 35. Esto provocó que siempre hubiera un atisbo de esperanza en la familia Hopkins, que pensó que Edwin podría estar vivo y recuperándose en algún hospital. Falsas esperanzas, pues su hijo había muerto.
La vuelta al hogar
Esta intriga continuó viva hasta 2008, año en que un veterano de Pearl Harbor inició una investigación sobre los cuerpos y descubrió que varios habían sido enterrados en el Cementerio Naval Halawa, de Hawái, y trasladados posteriormente hasta el Cementerio Nacional de los Caídos de Punchbowl, en Honolulu. Sin embargo, el gobierno tuvo por entonces problemas legales y no pudo (o no quiso, según las familias) realizar la identificación de los restos. Por el contrario, se limitó a inhumarlos en grandes fosas bajo la siguiente lápida: «Soldados desconocidos».
Sin embargo, la familia de Edwing logró, tras varios años de litigios, desenterrar los restos del que creían que podía ser Edwin y confirmar su identidad. Una pequeña victoria nada menos que seis décadas después. «Cuando mis primos se enteraron, a todos se les cayeron las lágrimas porque fue algo increíble. La hermana menor de mi padre tiene 88 años, ella es la única persona viva que conoció a Edwin. Cuando le conté se echó a llorar, no lo podía creer», afirma Grey.
Desde ese momento, los Hopkins siguieron luchando para poder trasladar a los restos de Edwin a su ciudad natal, algo que lograron el pasado mes de abril después de que el Departamento de Defensa ordenara exhumar los restos de más de 400 marinos fallecidos en el «USS Oklahoma» con la finalidad de identificarles y enterrarles. Ahora, ya solo es cuestión de tiempo que el combatiente regrese, por fin, a su hogar.



Fuente: Diario ABC :  “El enigma del soldado desconocido que desapareció en Pearl Harbor”, Madrid, España, 2 de junio de 2015,   http://www.abc.es/cultura/20150531/abci-pear-harbor-misterio-soldado-201505311329.html

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