1941: 7
DE DICIEMBRE, 7.30 HORAS: Sin una declaración previa de guerra más de 400
aviones japoneses dejaron caer su mortífera carga de fuego y metralla sobre la flota norteamericana del Pacífico, anclada en
la bahía de Pearl Harbor, en la isla de Oahú (archipiélago de Hawai). Murieron
2403 hombres y 18 barcos se hundieron o fueron seriamente averiados en aquel
día fatal.
La
euforia llenó el corazón de los atacantes que, a través de la radio,
transmitieron a su portaaviones la frase clave: “¡Tora, tora, tora! (Tigre,tigre,
tigre), confirmando que la sorpresa había sido total.
En esos
momentos de júbilo , sólo algunos escasos estadistas nipones se dieron cuenta
de que acababan de despertar a un tigre dormido, cuyas reacciones serían
mortales para el imperio de Japón.
SE ACERCA
LA TORMENTA .
Aprisionado en un pequeño territorio, pobre
de materias primas e insuficiente para su numerosa población, Japón veía en
Asia su ruta de expansión natural. Pero en su camino estaba Estados Unidos .
En la
década de 1930, y luego de poco más de
diez años de paz mundial, los negros nubarrones de la guerra comenzaron
a acumularse sobre los cielos de Europa.
El
totalitarismo, ya fuese nazi-fascista o comunista, y los países perjudicados
por el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial ,
clamaban por la revancha.
El
pueblo norteamericano, recuperándose lentamente de la crisis económica de los
años 30, no pensaba que tales nubarrones auguraran peligro para el.
Creía que los anchos océanos que lo separaban de Europa y de Asia lo ponían a
cubierto de los avatares de cualquier
conflicto global. Pero su Presidente Franklin Délano Roosevelt, sabía que si se
dejaba que los líderes de la Alemania nazi y de la Italia fascista, Adolfo Hitler
y Benito Mussolini, conquistasen Europa,
América iba a ser el siguiente objetivo de los regímenes totalitarios.
Sin
embargo, no sería el conflicto europeo, iniciado en 1939 con el ataque de
Alemania a Polonia, el que sacaría a los norteamericanos de su aislamiento
tradicional. El golpe que abriría sus ojos a la realidad vendría del Oriente,
del poderoso y expansivo Imperio del Japón.
EXPANSIÓN
NIPONA .
A
partir de 1931, el gobierno japonés cada
vez más dominado por la casta militar de
los antiguos samuráis, practicó una política de expansión creciente.
A la
ocupación de Manchuria en 1932, siguió en 1937 una guerra no declarada con
China.
Simultáneamente, se había aproximado a la Alemania nazi, firmando en noviembre de 1936 el pacto anti-Comintern. Este estaba destinado a frenar la influencia de la Tercera Internacional, creada en Moscú en 1919 para difundir por todo el mundo el socialismo marxista.
Simultáneamente, se había aproximado a la Alemania nazi, firmando en noviembre de 1936 el pacto anti-Comintern. Este estaba destinado a frenar la influencia de la Tercera Internacional, creada en Moscú en 1919 para difundir por todo el mundo el socialismo marxista.
Pero el
imperio japonés carecía de un plan bélico totalizador. Mediante sucesivos actos
de fuerza ( uno de los cuales fue la invasión a China) llevaba adelante una
política de hechos consumados que, esperaba, serían suficientes para obligar a
los anglosajones, enredados en el conflicto europeo, a aceptar una paz de
compromiso. Un acuerdo que les asegurara la posesión de todos los territorios obtenidos
hasta entonces.
Más,
los planes japoneses de rápida expansión por el
área enfrentaban un obstáculo: la flota norteamericana del Pacífico,
anclada en Pearl Harbor. La destrucción por sorpresa de la misma se presentaba
ante los círculos militares de Tokio como la condición previa a todo posible
movimiento hacia el sur del Pacífico.
El más
feroz partidario de la entrada en guerra, el general Hideki Tojo, se convirtió
en Primer Ministro del Japón en octubre de 1941, sucediendo en este cargo al
príncipe Fumimaro Konoye , de orientación pacifista. Las ideas de Tojo eran
conocidas por todos: consideraba imposible cualquier victoria sobre China si el
sudeste asiático no era anexionado, y si los
Estados Unidos no se desinteresaban de los resistentes chinos.
Las
relaciones entre Tokio y Washington eran más que frías. Cuando las tropas
niponas entraron en Indochina en 1941, Roosevelt prohibió cualquier entrega de
hierro o de acero e incluso de petróleo, al Japón.
El
presidente norteamericano pensaba que las únicas represalias eficaces contra
este último eran paralizar sus industria.
El
gobierno japonés había intentado organizar un encuentro entre Roosevelt y el
príncipe Konoye, pero esta gestión no dio resultado.
El plan del nuevo Primer Ministro Tojo era el
siguiente. Iniciar otras negociaciones con los Estados Unidos y proponerles un
acuerdo. Si estas conversaciones fracasaban, considerar la destrucción pura y
simple de la flota americana en el Pacífico. Tojo no dudó un solo instante que
el pueblo norteamericano, ablandado por una vida fácil y no conociendo la
guerra más que de lejos, se dejaría vencer fácilmente.
En el
mes de noviembre de 1941 el Primer Ministro nipón propuso varias soluciones a
Washington: China entraría en el área de influencia de Japón, dejando
este último durante 25 años, guarniciones en territorio ocupado.
Otra
solución, más modesta que aquella: que los americanos reemprendieran sus
intercambios comerciales con el Japón a cambio de que Tojo consintiera en
evacuar Indochina.
Roosevelt
rechazó ambas proposiciones, la primera porque le pareció contraria a los
intereses de China, la segunda, porque convertía a los Estados Unidos en
cómplice de su anexión al Japón.
La nota
americana precisaba aún más: “Es imposible empujar a los chinos a un armisticio
mientras los japoneses no dejen de expresar intenciones no pacíficas".
UN PLAN
MAESTRO .
El
ataque a Pearl Harbor fue planeado hasta en sus últimos detalles por el
comandante en Jefe de la Armada nipona, el almirante Isoroku Yamamoto, un hombre que no creía en la conveniencia de
una guerra con Estados Unidos.
En
1940, al conocer los proyectos del belicoso Ministro de Guerra Hideki Tojo, en
una carta dirigida al entonces príncipe Hidemaro Konoye, Yamamoto decía:
“Si me
ordena pelear, sin tomar en cuenta las consecuencias, haré estragos durante los
primeros meses, pero no tengo
absolutamente ninguna seguridad de que en el tiempo siguiente pueda
hacer lo mismo. Se debe
evitar una guerra con Estados Unidos” .
Educado
en la Universidad de Harvard, y habiendo cumplido las funciones de agregado
naval en Washington durante más de un año, Yamamoto conocía la potencialidad
industrial norteamericana y sabía que
podía prepararse rápidamente. Entonces no habría posibilidades de defensa ni de
éxito.
“Japón
no podría después negociar con dignidad una paz en buenas condiciones”,
advirtió el almirante. Pero nadie
quiso escucharlo.
Soldado
obediente, Yamamoto se entregó entonces a su tarea de preparar la estrategia de
guerra de Japón. Más que político, era un nacionalista declarado. Igual que sus
compatriotas, creía que su país estaba habitado por una raza superior, capaz de
crear un “nuevo orden” en Asia. Y antes que sus consideraciones personales
estaba su deber.
Desde el punto de vista
estratégico, el plan del almirante Yamamoto era genial. Creía en el triunfo de
un ataque por sorpresa, pero no en la victoria final .
EL HALCÓN
DE LA GUERRA .
En
octubre de 1941, cuando Hideki Tojo pasó de Ministro de Guerra a Primer
Ministro, se dio paso al plan de ataque a Estados Unidos elaborado por
Yamamoto. Este pensaba que había que destruir el poderío norteamericano en el
Pacífico para poder iniciar la guerra con esperanzas de éxito.
El
entrenamiento de las tropas niponas comenzó a fines de octubre, y el día X se fijó para
el domingo 7 de diciembre de 1941.
El 26
de noviembre la fuerza de ataque, al mando del almirante Chiuchi Nagumo
abandonó su punto de reunión: las islas kuriles, al norte del archipiélago.
Estaba integrada por seis portaaviones escoltados por dos acorazados, nueve
destructores y ocho petroleros.
En
conjunto , los portaaviones llevaban 423 aparatos: cazas, bombarderos horizontales, bombarderos
en picada, torpederos.
Era la
fuerza aérea más importante que se hubiese aventurado hasta entonces sobre el
mar.
A este
contingente se sumaron 27 submarinos de largo radio, que se adelantaron a los
portaaviones para ubicarse en torno al archipiélago de Hawai. Cinco de ellos
podían lanzar submarinos de bolsillo, de 15 metros de largo, armados con dos
torpedos reducidos y tripulados por dos hombres.
Los
jóvenes oficiales se disputaron el honor de tomar el mando de esas máquinas
suicidas.
En
tanto la flota avanzaba , los diplomáticos de Japón y Estados Unidos proseguían
sus negociaciones en Washington, sabiendo estos últimos que la flota se movía en la inmensidad del Pacífico,
aunque sin tener claro hacia dónde.
Se
pensaba que su destino era Filipinas, pero aún se creía posible un arreglo
pacífico.
EL DÍA X
.
Mientras
navegaba , el almirante Nagumo esperaba una confirmación de su orden de ataque.
De acuerdo a sus instrucciones, debía retornar si era descubierto antes del día
X menos 2 . Si se lo sorprendía entre X menos 2 y X, él mismo decidiría si atacaba o no. Devorado por el pesimismo,
pasó las noches dando vueltas por su cabina del portaaviones Agaki.
El 1 de
diciembre llegó la tan esperada confirmación. “Niitaha yama nobora”, “Suban al
monte Nitaha”. Eso significaba que el gobierno de Tokio había tomado su decisión y que la guerra era un hecho
irreversible. Eso quería decir también que toda la máquina de guerra japonesa
se ponía en marcha: las tropas que debían tomar la ciudad de Hong Kong se
acercaban a ella; las que habían de invadir Malasia y Filipinas comenzaron a
embarcarse.
Solamente la expedición del almirante Nagumo no llevaba soldados, pues su propósito
no era ocupar, sino destruir.
El 2 de
diciembre Nagumo reveló a las tripulaciones lo que sólo conocían los pilotos:
el objetivo de la misión era destruir la flota norteamericana del Pacífico,
anclada en Pearl Harbor. Los gritos de entusiasmo escaparon de todas las
gargantas.
Luego, la rutina del mar volvió a dominar los barcos. Como negros fantasmas, las naves
de la flota nipona siguieron navegando silenciosamente por las aguas del
Pacífico hacia su destino. Para que el secreto de la misión fuese total, llevaban sus luces apagadas y los aparatos de
radio desconectados.
Los
pilotos mataban el tiempo jugando al Go, un típico juego oriental , o
redactaban, en forma de testamentos, mensajes grandilocuentes a la posteridad.
Se
recibieron dos noticias, una buena y otra mala.
La
buena, que las autoridades militares de Hawai no habían desplegado aún la
barrera de globos ni las redes paratorpedos recibidas del continente.
La mala
era que los tres portaaviones de la escuadra norteamericana del Pacífico: el
Enterprise, el Lexington y el Saratoga, no estaban en Pearl Harbor.
Sin
embargo Nagumo consideró que los ocho acorazados presentes en la bahía de Oahú
constituían la columna vertebral de la fuerza naval que debía destruir. Por lo
tanto prosiguió la marcha.
El 7 de
diciembre por la mañana, fecha de Hawai, la flota nipona alcanzó su posición de
ataque, a unos 350 kilómetros de Oahú. Todos los aviadores se bañaron y
cambiaron sus ropas. Muchos se ciñeron sobre el casco el hashikami, la franja
de samurái, e hicieron sus devociones ante los altares sintoístas
colocados sobre el puente de despegue.
El día se levantaba en el momento en que las formaciones de aviones
emprendieron vuelo.
HAWAI .
El
archipiélago de Hawai es un grupo de 20 islas en el Pacífico Central, conocidas
antiguamente como Islas Sandwich. De origen volcánico, están bordeadas de
arrecifes de coral, siendo las mayores Molokai, Jauaiai, Maui, Hawai y Oahú.
Oahú
está en el centro del archipiélago , cuya capital es Honolulu. A 15 kilómetros
de esta ciudad está Pearl Harbor, puerto de las Perlas, una bahía comunicada
con el mar abierto por una boca de 350
metros de ancho. En medio de la bahía se encuentra Ford Island.
Oahú
es casi un punto en la inmensidad del
Pacífico separada de cualquier masa continental por enormes extensiones de mar. Sin embargo los servicios de
inteligencia norteamericanos no
descartaban la posibilidad de un ataque contra Pearl Harbor.
El 24
de enero de 1941 , el Secretario de Marina norteamericano, Frank Knox, dijo en
una carta a su colega de Guerra: “ Es
muy posible que las hostilidades con Japón se abran por un ataque brusco contra
la flota o la base de Pearl Harbor”.
A esa
advertencia se sumaron otras. El 26 de noviembre de 1941, el almirante Stark,
jefe del Estado Mayor de la Marina, dirigió al almirante Husband E. Kimmel,
jefe de la flota del Pacífico en Pearl Harbor, instrucciones que empezaban así:
“Este despacho debe ser considerado como
una advertencia de guerra…..”. Por su parte, el jefe del estado mayor del
Ejército, George C. Marshall, envió una advertencia análoga al teniente general
Walter C. Short, jefe de las fuerzas terrestres en Hawai: “Son previsibles
acciones violentas en cualquier momento….”.
El 26
de noviembre , fecha de la advertencia de Stark, la fuerza de ataque japonés
acababa de zarpar. Seis días de navegación la separaban de su objetivo.
Las autoridades de Hawai tenían todo el tiempo necesario para poner el archipiélago en estado de defensa.
Las autoridades de Hawai tenían todo el tiempo necesario para poner el archipiélago en estado de defensa.
Poseían
medios para ellos: 9 acorazados, 3 portaaviones, 12 cruceros pesados, 9
cruceros ligeros, 67 destructores, 27 submarinos, dos divisiones de infantería,
43 mil hombres, 227 aviones, de los cuales 152 eran cazas.
Pero no
hicieron nada. Jamás creyeron que se encontraban en la mira de la flota nipona,
en la primera línea de fuego. Las Filipinas, Guama, Wake, Midway podían estar
en peligro. Pero ¿Hawai? … No
¡TORA,
TORA, TORA! .
Cuando
los aviadores japoneses comprobaron que la sorpresa era total, radiaron a sus
portaaviones la frase clave : ¡”TORA, TORA, TORA!” (Tigre, Tigre, Tigre)
La aurora del domingo 7 de diciembre dejó al
descubierto un día de excepcional esplendor, aún para Hawai. En la serena
quietud de la mañana la luz del sol comenzó a dorar el verdor de la isla de
Oahú, bordeada de playas de fina arena. En la de Waikiki, las olas rompían
dejando una estela de espuma.
La base
con asiento en la isla aún dormía. La
noche anterior, marinos, soldados y aviadores, habían salido de sus cuarteles
con permiso, distribuyéndose en bailes y recepciones.
El
mismo almirante Kimmel asistió a una , pero se retiró antes de las 10 de la
noche, pues ese domingo pensaba jugar al golf con el general Short.
Toda
esa paz idílica desapareció en un instante a las 07:30 horas, trocándose en un
infierno en que descendían del cielo el fuego y la metralla.
DORMÍA CUANDO
.
El
teniente Robert Overstreet dormía tranquilamente en una cabaña del bosque,
cuando fue despertado por el estrépito espantoso. Se asomó y vio que muchos de
sus compañeros habían abandonado el lecho, creyendo , al igual que él, que se
registraba un terremoto-
-Se diría que son aviones japoneses comentó
uno.
-No-replicó otro- es nuestra Marina, que
realiza maniobras.
Y
volvieron a sus literas. Instantes más tarde, el agitado teniente Skalwold
irrumpió sin aliento en la pieza de Overstreet y con el rostro pálido le dijo:
¡Los
japoneses atacan!
Overstreet
se asomó a la ventana y vio una nube de aviones girando sobre la base naval. En ese momento un agrupo se abalanzaba
en picada sobre la isla y resultaba fácil reconocerlos, al punto que se
divisaban las ametralladoras y el piloto.
A medio vestir, los oficiales se precipitaron
hacia el aeropuerto para trepar en sus aviones de caza. Pero otro oficial, en
medio del estruendo que causó la explosión de las primeras bombas, señaló la
pista de aterrizaje, donde los aviones agrupados parecían una brasa gigantesca.
En el
plan del ataque japonés los primeros objetivos fueron los aeródromos , los
centros de comunicación y la artillería antiaérea, para impedir la réplica .
Después venían los navíos que , atascados en los muelles, en ordenadas filas
eran blanco fácil.
ARDE LA
FLOTA DEL PACÍFICO .
El
acorazado California estaba sólo, al final de la línea de naves gruesas. Fue el primero en ser alcanzado por los ataques
de los aviones torpederos, que lanzaban los proyectiles más potentes
conocidos hasta entonces en la Segunda Guerra Mundial y cuyo mecanismo era un
prodigio de ingeniería..
En
escasos minutos el infierno cayó sobre el resto de los navíos. Mientras el California, ardiendo como una hoguera,
se inclinaba, atracado de costado a tierra, se protegía tras el Oklahoma, que recibió cuatro torpedos
antes de un minuto. Rápidamente este último empezó a hacer agua y poco después
se hundió por la popa, levantando la quilla hacia el cielo en medio de las
llamas, el humo y el ulular de las sirenas. En su interior quedaron prisioneros
400 hombres, incluso su capitán. Nadie alcanzó a cumplir su orden de abandonar
el buque.
En la
hilera seguían el Tenessee y el West Virginia. Ambos fueron
alcanzados. Un avión de altura tenía en su mira al Arizona, sobre el cual dejó caer cinco bombas. Una penetró por la
chimenea del buque momentos después explotaron 800 kilos de pólvora negra,
convirtiendo el buque en una hoguera que no se extinguiría antes de varios
días. Más de un millar de hombres murió entre las llamas. A su lado el vientre
del Oklahoma, que se había hundido dando vuelta de campana, emergía
grotescamente.
En
medio de la confusión , el Nevada,
hundiéndose se dirigía a la playa.
Tan sólo el Pennsylvania, varado en un dique seco, había escapado.
En el
cielo, entretanto, sólo se veían aviones japoneses que pasaban en oleadas
dejando caer su carga mortal. En tierra, Pearl Harbor y sus alrededores eran la
representación misma del caos.
Mientras
duró el ataque, los aviadores norteamericanos habían realizado valerosos
esfuerzos para salir y ofrecer resistencia en los pocos aviones que se salvaron
de la agresión. En medio de una frenética arremetida, lograron derribar algunos
aparatos.
Desde
tierra, unas pocas baterías antiaéreas les acompañaron en su acción, disparando
mientras los defensores gritaban enfurecidos a los atacantes.
UN GOLPE
CASI MORTAL .
Los
aparatos de la primera oleada del ataque japonés demoraron casi una hora en
completar su tarea. Cuando se retiraban, una segunda oleada llegó con su
mortífera carga para rematar la acción de los primeros.
En el
transcurso de otra, inutilizaron los buques y elementos de guerra que habían
escapado a sus antecesores, y especialmente los buques menos damnificados.
La
aviación nipona sugirió un tercer ataque inmediato, pero el almirante Nagumo
optó por retirarse, sin haber destruido los talleres de la base y los
gigantescos depósitos de combustibles. Inmediatamente después que los aviones
de la última oleada alcanzaron la
escuadra atacante, aterrizando en su portaaviones, ordenó izar banderas
de señales y la flota viró de inmediato,
y a toda máquina rumbo al norte.
ALERTA
ALERTA .
El
almirante Kimmel fue avisado del
ataque mientras se preparaba para su
partida de golf. Cuando llegó el automóvil que lo debía conducir al cuartel
general, el bombardeo estaba en su punto culminante.
Los aviones torpederos volaban de un lado a
otro de la bahía, tan bajo que casi se
alcanzaban a tocar, lanzando sus letales máquinas entre las entrañas de
los barcos de guerra, mientras los bombarderos en picada descendían como aves
de presa sobre los seis aeródromos de la base.
Desde
arriba, los bombarderos de altura dejaban caer una lluvia de mortíferos
proyectiles, y los de combate entraban
y salían como avispas, acosando con sus ametralladoras.
El
estruendo de las bombas, el silbido de
las balas, el rugir de los motores de los aviones, el estampido de los cañones
de los sorprendidos defensores que ya
habían empezado a escupir fuego desde todos los rincones de Pearl Harbor, el
ácido olor de los incendios, todo se mezclaba en una caótica sinfonía de ruidos
digna del más negro rincón del infierno.
La mayoría de los norteamericanos, cogidos de
improviso en medio de esa atroz carnicería, quedaron paralizados momentáneamente.
Aturdido, desconcertado Kimmel se precipitó a su despacho. Tenía el rostro
demudado y en él se pintaba la desolación al tratar de recobrar la calma entre
las ruinas de su mundo que se
desplomaba.
Desde
su oficina, ordenó lanzar al aire un mensaje que, más que una petición de
ayuda, fue una advertencia que dio la vuelta al mundo y sirvió para que Washington supiera de la agresión
nipona.
-
Ataque aéreo sobre Pearl Harbor. No se trata de ejercicios. ¡AMÉRICA
DESPIERTA!
En Washington, el Secretario de Marina Frank Knox se encontraba en su
despacho cuando el Jefe de Operaciones , el almirante Stark, se abalanzó en la
oficina para entregarle el mensaje de Kimmel.
-
¡Dios mío, esto no es posible-murmuró Knox- seguramente se trata de
las Filipinas!
De inmediato llamó a la Casa Blanca e informó al Presidente Roosevelt.
Este tomó la mala nueva con calma.
- Si esta noticia es verídica-dijo- ya nada puede librarnos de la
guerra.
LA IRA DE
UN PUEBLO .
Los
norteamericanos recibieron la noticia a las 14:26 horas del mismo día 7 de
diciembre . Todos fueron cogidos por la sorpresa, pero este sentimiento cedió
de inmediato ante una ira increíble. Este ataque, sin declaración de guerra,
fue u duro despertar que los obligó a ver el conflicto europeo , extendido ya a
Asia y África, no como algo lejano y ajeno, sino como algo próximo y propio.
Al
hablar a su pueblo, Roosevelt dijo:
-
Hemos podido comprobar que la
guerra moderna es un negocio repugnante. No queríamos entrar en ella, pero en
ella estamos y vamos a combatir con todos nuestros recursos.
En el Senado , la declaración de guerra a Japón se votó con la
unanimidad de los 81 presentes. En la Cámara sólo hubo un sufragio en contra,
el de una solterona de Montana, Jeanette Rankin, que había votado contra la
guerra en 1917 y en 1941 insistía.
EMBRIAGUEZ
DE TRIUNFO .
En Japón , el entusiasmo provocado por el éxito de Pearl Harbor fue
formidable. El regreso de los vencedores
provocó un delirio patriótico.
Solamente Yamamoto, el artífice del triunfo, permanecía sobrio en medio de una
masa histérica e hizo notar que no se habían alcanzado a los portaaviones , que
los acorazados destruidos eran barcos viejos, que la potencia norteamericana
seguía siendo colosal y que esperaban al país combates desesperados.
Sus funestos presagios no fueron atendidos, aunque el tiempo le daría
la razón .
“GRACIAS A
DIOS…” .
Entretanto
el Primer Ministro inglés Winston Churchill, supo la nueva del ataque a Pearl
Harbor mientras cenaba con el embajador norteamericano en Gran Bretaña. Durante
la reunión, una radio cercana transmitía música y noticias. De repente, algo se
dijo sobre Hawai.
-
¿He oído bien? –preguntó Churchill-los japoneses han bombardeado los
barcos norteamericanos en Hawai.
Sus invitados no habían escuchado nada
Pero la duda sólo duró un instante. El mayordomo confirmó:
-Sir, es verdad; lo hemos oído en el office. Los japoneses han
atacado a los norteamericanos en Pearl Harbor
Como un loco, Churchill se precipitó a su secretario y llamó a
Roosevelt por teléfono. La voz de éste
le confirmó la agresión, su salvajismo, su perfidia. Churchill resplandeció.
-Ahora-añadió el Presidente norteamericano- estamos en el mismo barco.
Esa noche, el Primer Ministro inglés rezó en silencio: “Gracias a
Dios, ahora no estamos solos”.
COMIENZO
DEL FIN .
El 15 de diciembre de 1941, una semana después del ataque a Pearl
Harbor, el conflicto que en un comienzo sólo
involucró a algunos países del Viejo Continente , se volvió total.
Cuarenta y cinco países estaban en
guerra, 15 de ellos desde hacía menos de
ocho días.
De los 45, diez adhirieron a la coalición , formada por el Eje
Berlín-Roma-Tokio. Pero el mapa de la guerra les era favorable, ya que
dominaban la casi totalidad de la Europa continental, las partes más ricas de
la Unión Soviética y las provincias más pobladas de China. Aún se hizo más
favorable con las rápidas conquistas japonesas en el Pacífico.
Sin
embargo, paulatinamente el equilibrio de fuerzas se inclinó en detrimento del
Eje. La superioridad inicial nacida de la agresión disminuyó sin cesar; la
superioridad resultante de la preponderancia de los recursos, de la potencia
industrial, del dominio de los mares, aumentó hasta hacerse insostenible.
EL PRECIO DE UNA VICTORIA .
La
euforia del triunfo nipón fue corta. Poco a poco, Estados Unidos reemplazó los
barcos perdidos por otros mejores, e incrementó su número. Luego se volcó al
Pacífico y recuperó con creces cada pulgada de terreno que algún día estuviera
en sus manos, hasta que acorraló al Imperio del Japón en su isla, y de allí lo
conminó rendirse.
Pero la
orgullosa estirpe de los samuráis no quiso entender que todo estaba perdido. Prefería inmolar hasta el
último hombre antes de reconocer la derrota. Entonces se empleó el argumento
decisivo. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki por el juego atómico. Japón
debió doblar la cerviz, y en la cubierta de un barco norteamericano anclado en
la bahía de Tokio firmó su capitulación.
El
almirante Hideki Tojo, el agresivo ministro partidario del enfrentamiento,
terminó su vida en 1948 , ejecutado como criminal de guerra. Antes que él había
muerto Yamamoto, el genial artífice del
ataque a Pearl Harbor, durante una inspección que hacía al frente de
batalla el 18 de abril de 1943. El servicio secreto de los Estados Unidos, que
había descifrado la clave japonesa, sabía donde se dirigía a qué hora y de qué
manera viajaría. La infalible puntualidad del almirante lo perdió y lo hizo
caer en una emboscada que le tendió una escuadrilla de aviones sobre las selvas
tropicales de Bungavilla (Islas Salomón, en el Pacífico Sur)
Fuente:
Diario La Tercera: Suplemento “Grandes EPISODIOS de la Historia: “PEARL
HARBOR”. Santiago de Chile, s/f, pp 46
ANEXOS
.
El enigma
del soldado desconocido que desapareció en Pearl Harbor
.Tras el ataque se perdió la pista del estadounidense Edwin Hopkins.
Ahora, 74 años después, sus restos han sido encontrados y serán repatriados
hasta su hogar
Han
pasado unos 74 años desde que el estadounidense Edwin Hopkins
desapareció sin dejar rastro después de que los japoneses atacaran Pearl
Harbor. El que
aquel 7 de diciembre de 1941 los nipones enviaran al fondo del mar el
buque en el que navegaba (el «USS Oklahoma») hizo suponer a sus
familiares, amigos y al propio gobierno de los Estados Unidos que había
fallecido. Sin embargo, esto no se corroboró hasta el pasado 2008, cuando se
analizaron una serie de esqueletos en una tumba común de varios marineros y se
halló su cuerpo. Ahora, 6 veranos después de aquella noticia, su familia ha
logrado finalmente que los restos de aquel joven vuelvan hasta su hogar de
una vez por todas.
La triste
historia de este marinero, tal y como afirma la versión digital de la cadena «BBC», empezó cuando Estados Unidos
comenzó a alistar una ingente cantidad de combatientes después de que los nazis
tomaran, en menos de un mes, Francia. Fue en ese momento cuando el
hermano mayor de Hopkins y uno de sus primos decidieron unirse a la marina para
combatir en una guerra que, según se barruntaba, podría atravesar el charco más
pronto que tarde. Edwin siguió su camino al cumplir los 18.
Meses
después, el más pequeño de los Hopkins presentes en el ejército fue destinado
en el «USS Oklahoma», un acorazado de la clase Nevada que había participado en
la Primera
Guerra Mundial. Desde
allí, Edwin envió una postal con la fotografía del buque a su familia. Estaba
orgulloso de servir en él. «En la carta decía que había subido al Oklahoma con
rumbo a Hawái. Se la mandó a su madre y eso fue todo», señala, en declaraciones
recogidas por la cadena británica Tom Gray, uno de sus primos.
En 1941,
la suerte de Hopkins se tornó negra, pues el Oklahoma se hallaba amarrado cerca
de la base de Pearl Harbor, la cual fua atacada por la fuerza aérea japonesa el
7 de diciembre. Aquella jornada, el «USS Oklahoma» fue el primer buque
impactado por las bombas niponas y se hundió en el fondo de las aguas en
menos de 15 minutos. «Edwin era un bombero de tercera clase y,
seguramente, se encontraba en lo más profundo de la bodega del barco cuando fue
torpedeado. Eso fue lo último que supimos de él» finaliza Grey.
A partir
de ese momento, Edwin desapareció de la faz de la Tierra. Lo mismo pasó con
otros tantos de los 429 oficiales y suboficiales que fallecieron
–presuntamente- a bordo del «USS Oklahoma». Muchos de ellos, de hecho, no
serían hallados hasta las posteriores partidas de rescate de los cadáveres que
se realizaron entre 1942 y 1944 y, de esos, el ejército tan solo
identificó 35. Esto provocó que siempre hubiera un atisbo de esperanza en la
familia Hopkins, que pensó que Edwin podría estar vivo y recuperándose en algún
hospital. Falsas esperanzas, pues su hijo había muerto.
La vuelta al hogar
Esta
intriga continuó viva hasta 2008, año en que un veterano de Pearl Harbor inició
una investigación sobre los cuerpos y descubrió que varios habían sido enterrados
en el Cementerio Naval Halawa, de Hawái, y trasladados posteriormente
hasta el Cementerio Nacional de los Caídos de Punchbowl, en Honolulu. Sin embargo,
el gobierno tuvo por entonces problemas legales y no pudo (o no quiso, según
las familias) realizar la identificación de los restos. Por el contrario, se
limitó a inhumarlos en grandes fosas bajo la siguiente lápida: «Soldados
desconocidos».
Sin
embargo, la familia de Edwing logró, tras varios años de litigios, desenterrar
los restos del que creían que podía ser Edwin y confirmar su identidad. Una
pequeña victoria nada menos que seis décadas después. «Cuando mis primos se
enteraron, a todos se les cayeron las lágrimas porque fue algo
increíble. La hermana menor de mi padre tiene 88 años, ella es la única persona
viva que conoció a Edwin. Cuando le conté se echó a llorar, no lo podía
creer», afirma Grey.
Desde ese
momento, los Hopkins siguieron luchando para poder trasladar a los restos de
Edwin a su ciudad natal, algo que lograron el pasado mes de abril
después de que el Departamento de Defensa ordenara exhumar los restos de más de
400 marinos fallecidos en el «USS Oklahoma» con la finalidad de identificarles
y enterrarles. Ahora, ya solo es cuestión de tiempo que el combatiente regrese,
por fin, a su hogar.
Fuente:
Diario ABC : “El enigma del soldado
desconocido que desapareció en Pearl Harbor”, Madrid, España, 2 de junio de
2015, http://www.abc.es/cultura/20150531/abci-pear-harbor-misterio-soldado-201505311329.html
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