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sábado, 8 de agosto de 2015

Robert Fulton : El hombre que impuso la navegación a vapor .

Robert Fulton : 

El hombre que impuso la navegación a vapor .

En la civilización occidental, el siglo XIX, más que ninguno, está marcado por los grandes inventos.

La Revolución Industrial que estaba en ciernes en el siglo XVIII  se vería hecha realidad en el siguiente. Se desvincularía así la humanidad definitivamente de ciertos resabios que aún quedaban de la Edad Media.

En la actualidad el hombre explota la energía nuclear. Sin embargo para lograr este importante descubrimiento hubo que superar algunas etapas en que cerebros brillantes dieron su aporte para el progreso occidental.

Uno de ellos fue incuestionablemente, Robert Fulton, ingeniero norteamericano, natural de la localidad de Little Britain, Pensilvania. Fue el primero que aplicó con éxito la energía a vapor en la navegación .

“El progreso paulatina en la navegación “.

La energía interna y externa son los únicos sistemas conocidos para trasladarse desde un punto a otro. Los primeros navegantes utilizaban la energía interna. Eran los remeros  los que aportaban esa energía. Muchos pueblos entraron en guerra exclusivamente para proveerse de esclavos, que luego eran convertidos en galeotes. El mundo con todo continuaba siendo pequeño, pues el desplazamiento de esas naves era muy limitado.

En su búsqueda incesante de superación , el hombre pasó del remo a la navegación a vela.
Combinando ambas en muchas ocasiones, según las condiciones de los vientos . Era una navegación que continuaba siendo precaria. Y, por lo mismo, el comercio se desarrollaba en condiciones ineficientes. Lo mismo ocurría en las relaciones entre los pueblos. No había llegado aún la hora de los grandes transatlánticos, Robert Fulton sería el autor, en gran medida para llegar a éstos.

Durante el siglo XIX, y aún en las primeras décadas del XX, un viaje entre Santiago de Chile y Europa tardaba meses. Los puntos de partida podían ser Valparaíso o Talcahuano, si es que se salía por el Pacífico. Si se prefería el Atlántico  directamente, se atravesaba la cordillera y se zarpaba de Río de Janeiro o de Buenos Aires. La travesía era de semanas y más semanas.

Las misas por el descanso del alma de un rey de España muerto eran celebradas en las colonias hispanoamericanas muchos meses después del fallecimiento del monarca. Recién cuando llegaba a estas costas el velero que traía la noticia.

Llegaría, sí, la hora del ocaso de los veleros. No obstante, la desaparición de estos de las líneas comerciales  fue en forma paulatina, pues los vapores aparecieron a principios del siglo XIX, no sobrepasaban aún el  tonelaje de aquellos. Fulton ideaba el aplicar a la navegación la máquina a vapor de James Watt.

El sistema consistía en aprovechar el vapor generado por una caldera. La fuerza pasa por un cilindro cuyo pistón es desplazado debido a la presión. El logro de un buen rendimiento imponía empero, disminuir la temperatura del foco frío al cual tiene que llegar el vapor después de haber desplazado al pistón. En los años de Watt el vapor se enfriaba dentro del mismo cilindro, lo cual provocaba grandes pérdidas de rendimiento. Watt corrigió la deficiencia al inventar el condensador separado del cilindro.

Watt patentó su invento en 1769. Él , obviamente, había conocido y estudiado las experiencias de otros hombres sobre la materia, pues ya en 1718 se había transformado el movimiento alternativo en otro giratorio, habiéndose desarrollado las máquinas a vapor de tal manera que, en 1800, Watt disponía en Inglaterra de 496 máquinas, algunas de las cuales llegaban hasta los 40 caballos de fuerza. Las otras eran de  menor potencia. Quince o dieciséis caballos.

En esta época el hombre tenía clara conciencia que en la revolución industrial uno los aspectos indispensables era conseguir la transformación de calor en trabajo . El móvil era decidor. El trabajo en la naturaleza es caro y el calor es barato. El calor desarrolla grandes potencias que con el esfuerzo de animales era imposible obtener.

Robert Fulton  tiene la fama de haber hecho navegar los barcos mediante la energía calorífica. Muchos, antes  que él, sí habían realizado ensayos sobre el mismo sistema. El hombre , sin saberlo, quizá, estaba tras la búsqueda de lo que transformaría radicalmente al mundo.

Se sabe, entre otras, de la experiencia del norteamericano John Stevens, en 1796, en el río Passaic. Poco después, en 1802, construyó un barco propulsado por una hélice, con una caldera tubular y con una máquina de alta presión. La dificultad del nuevo proyecto estuvo en que no contó con el apoyo técnico indispensable. Un nuevo intento, en 1804, esta vez con dos hélices, también resultó abortado.

“Sus primeros pasos en la historia” .
Fulton, en tanto, ya entraba al escenario de los grandes inventos de las máquinas a vapor. El historial de su familia señala que sus antepasados pasaron de Escocia a Irlanda y de allí su padre se trasladó a los Estados Unidos, casando en 1759 con Mary Smith. La pareja se instaló en una granja de Little Britain, localidad que actualmente lleva el nombre de Fulton Township, naciendo allí el 14 de noviembre de 1765 Robert.S.Fulton .

El patrimonio familiar nunca fue floreciente. El jefe de la familia falleció cuando Robert tenía 2 años. Los hermanos eran cinco. La educación de éstos , por tanto, no fue muy esmerada. El futuro ingeniero sí se destacaba en la escuela particular a la que asistía en dibujo e inventiva.

Tenía diecisiete años  cuando marchó a Filadelfia para ingresar como aprendiz en un taller. Pintaba miniaturas, retratos, paisajes…….Y también hacía dibujos para máquinas.

Fulton trabajó denodadamente y reunió algún dinero. Compró una nueva granja e instaló en ella a su madre. Fue una inversión de 400 dólares. Viajó luego a Londres. En la capital inglesa pintaba y se dedicaba a la mecánica. Muchos ingenieros recurrían a su taller para que les dibujara  máquinas. Entró así en contacto con la evolución técnica inglesa. Siguió de cerca las experiencias llevadas a cabo por Rumsey, en el Támesis, en 1793.

Encuentra Fulton una gran ayuda en Benjamín West, quien le protege al darse cuenta del talento del joven norteamericano. Se le facilita así la tarea de viajar permanentemente a Birmingham para conocer los proyectos del duque de Bridgewater, el que intentaba unir un canal con el mar.

Fulton, luego de sus conocimientos y experiencias, se dedica a aplicar su propia inventiva. En 1794 ideó lo que él llamaba “doublé inclined plane”, para el paso de los botes por los canales, evitando las esclusas. Vinieron luego una máquina para aserrar mármol, máquinas de hilar lino y varias otras.

Conocedor de la navegación por  los canales ingleses, proyectó una draga  con gran éxito. Esto quedó demostrado con el hecho de que el aparato se utilizó durante muchos años en Inglaterra, a la perfección.

La tarea del joven norteamericano seguiría en forma incesante. Los inventos  se sucederían uno tras otro.
No tenía Fulton una profesión determinada, al menos de manera formal. Sus conocimientos eran muchos y técnicamente un portento. Decidió , entonces , llamarse a sí mismo Civil Engineer. Fue el primer profesional de tal nombre .

“Fulton , enigma en busca del conocimeinto” .

Se traslada a Francia para buscar apoyo a proyectos  relacionados con un submarino y un torpedo. Joe Barlow tiene fe en él y le presta apoyo financiero. Viene la experiencia en Brest  con un torpedo automóvil, pero fracasa. En el año 1799 promueve los planos de un submarino, el que no encuentra eco en ninguna parte.

En la época , Napoleón Bonaparte  estaba en guerra con Inglaterra y su gran obstáculo era el poderío naval de esa potencia. Le llamaron al corso la atención  los proyectos de Fulton y nombró una comisión para estudiar las ideas que promovía. Las experiencias se reanudaron. Así fue como en El Havre, en 1801, consigue descender a 7,5 metros de profundidad con un sumergible que llevaba un nombre de gran popularidad : Nautilus.

Los franceses se entusiasmaron y el Ministerio de Marina, ese mismo año, le propuso que con sus máquinas atacase los barcos de la flota inglesa, especialmente a dos que bloqueaban a Brest. El pago sería de acuerdo con el daño que hiciese al enemigo. La estrategia, empero , no funcionó. La máquina de Fulton era demasiado precaria y no logró acercarse a los “rápìdos” bergantines ingleses. El americano entonces no fue remunerado.

En Londres estaba de Premier William Pitt, quien se interesó por las armas que inventaba Fulton. Lo llamó a la capital inglesa. Allí Fulton se encontró con un enemigo inesperado. Primer Lord del Almirantazgo era Sir John Jervis, quien acertadamente consideraba que el poderío inglés estaba basado en la flota. Estimó que el desarrollo de las armas  cuya utilidad iba a estar dirigida contra los barcos no era, justamente, el mejor para sostenerla y se opuso, en consecuencia, tenazmente  a considera cualquier proyecto de Fulton.

Pese a la oposición, con la autorización de Pitt, el 15 de octubre de 1805 se realizó la experiencia. Esta dio como resultado la voladura del bergantín “Dorotea”, antiguo barco danés desarmado. El almirante Jervis de nuevo hizo cuestión del asunto, llamando a la alarma. Pero vendría el combate de Trafalgar .

Fulton trabajaba intensamente en varios proyectos a la vez. Sus esfuerzos estaban dedicados a la propulsión de los barcos a vapor. Estaba asociado con el financista Robert R. Livingston, la situación no era de las mejores cuando sobrevino un gran descalabro.

En 1803 se había botado un barco en el Sena, el que se partió en dos por el peso de la máquina. Posteriormente , en el mismo año, mes de agosto, se efectuaba una segunda experiencia. Esta vez con una nave de casco más resistente.

El barco navegó por el Sena contra la corriente, a cuatro nudos y medio de velocidad, lo cual ya era algo. A continuación Fulton encargó a la casa Cuolton-Watt la máquina que sería la experiencia definitiva que se realizaría en Estados Unidos.

Livingston era un hombre de comercio. Era en la época, representante de Washington ante el gobierno francés, consiguió un monopolio para la explotación de líneas de navegación comercial americanas.

Fulton, mientras estudiaba todos los adelantos técnicos ingleses y franceses sobre propulsión a  vapor. Abandona Inglaterra en el año 1806 y regresa a su país. Sus conocimientos eran muchos y sus experiencias variadas.

Empezaría la era de los éxitos, la compensación a tanto estudio  y  sacrificio. El ingeniero Fulton contaba ya con un brillante prestigio.

“The Steamboat” se llamó el barco que consagró definitivamente al norteamericano de  Little Britain. Fue construido en unos astilleros de Nueva York a un costo de 20 mil dólares. La propulsión se realizaba por medio de dos ruedas de paletas de 50 pies de diámetro, desarrollando la máquina unos veinte caballos de vapor de potencia

“Creación Inagotable” .
Las pruebas con la nave se efectuaron el 17 de agosto  de 1807. El éxito fue total. Se estableció así un servicio regular  de una línea entre Nueva York y Albany por el río Hudson. Cinco nudos de velocidad promedio. Se había preferido el río y no el mar abierto, pues las ventajas de  la propulsión a vapor son más ostensibles si las circunstancias dificultan el aprovechamiento de los vientos como fuerza motriz. El barco es reformado al siguiente año y se le rebautiza como “Clermont”. La nave podía transportar sin dificultad hasta 90 pasajeros.

El “Clermont” empezó a dar grandes utilidades a Fulton y a Livingston. Y trajo esto dificultades y pleitos. La influencia de Livingston en las esferas gubernamentales norteamericanas le permitió monopolios que procuraban la dominación del comercio del Hudson y del Mississippi, lo cual implicaba imponerse sobre todo  el comercio de las dos ciudades más importantes de los Estados Unidos, esto es, Nueva York y Nueva Orleans.

El éxito de la navegación a vapor provocó en los industriales del  este de Estados Unidos, y a continuación en el resto del mundo, interés en la explotación de líneas comerciales mediante el mismo procedimiento.

La sociedad Livingston y Fulton  se opuso a esto y vinieron los pleitos, varios de los cuales continuaron a la muerte del insigne ingeniero. La aplicación del sistema a vapor en la navegación también se vio afectada por al situación legal que se dio durante muchos años.

Más allá de los pleitos, Fulton se dedicaba al establecimiento de nuevas líneas comerciales. Construía nave tras nave. Así fue como fueron saliendo de los astilleros el “ Car of Neptune”, el  “Paragon”, el “Fire-Fly”, el “Richmond” y varios más. Entre estos un torpedero y algunos transbordadores.

El gobierno de Washington llama a Fulton en 1810 y le encarga la unión del lago Portchartrain con el Mississippi, pues se conocía de su experiencia en las construcción de canales y toda la importancia que  estos tenían para el transporte.

Se inicia luego la construcción de un barco de guerra para la defensa de Nueva York. Estados Unidos tomaba precauciones frente  a las conflagraciones constantes de las potencias europeas y los no velados propósitos de éstas de intervenir en los países americanos. La nave fue conocida primero  como “Domologos”, para más tarde llevar el nombre de  “Fulton” the First”. Estaba dotada de 44 poderosos cañones.
Fulton seguía sí obsesionado con los submarinos y los torpedos, pues, con gran visión de futuro, consideraba que perfeccionados podrían llegar a ser formidables artefactos de guerra. Su certera apreciación sería ratificada muy posteriormente por los éxitos alemanes  en los primeros años de la batalla del Atlántico. El número de toneladas de barcos hundidos por los submarinos del almirante del III Reich, Karl Dönitz, por medios “fultonianos”, fue de veintiún millones de toneladas.

La batalla del Atlántico demostró también que los temores del almirante inglés Sir John Jervis a principios del siglo XIX, eran fundados. Nunca el poderío naval inglés fue más seriamente amenazado que por los submarinos y torpedos alemanes , cuya ingeniería se basó justamente en las ideas de Fulton.

 La visión naval de los ingleses estuvo siempre sobre la superficie del mar. Nunca bajo ella. No le ocurrió lo mismo a los alemanes. En la actualidad todas las potencias que no posean poderosas flotas de submarinos nucleares  no son realmente potencias.

Un siglo y medio antes de la II Guerra Mundial, Robert S. Fulton, en sus apuntes, escribía: “ Está demostrado y admitido que setenta libras de pólvora colocadas bajo el casco de un barco de doscientas mil toneladas habrá de destruirlo. Se supone que doscientas libras de pólvora, en condiciones semejantes, destruirán un barco de guerra. Con estos principios importantísimos admitidos, la cuestión del instrumento para colocar un torpedo bajo un  casco se resuelve naturalmente, si existe suficiente genio y facultades inventivas del hombre para vencer las dificultades”.

Fulton murió antes de ver cristalizado su último proyecto , el del barco de guerra para defender Nueva York que le había encargado el gobierno de Estados Unidos. El gran visionario falleció como consecuencia de resentirse seriamente su salud cuando salvó de morir ahogado a su amigo y  abogado Emmet, que cayó al agua desde la cubierta de un barco en que viajaban. El deceso se produjo semanas después en Nueva York, el 24 de febrero de 1815 .

¿El barco un medio incomparable?  .

La trascendencia  de la obra de Fulton se encuentra en su visión del futuro, por lo demás certera, y en su afanosa política para la explotación del barco a vapor. Este había sido estudiado y experimentado por muchos sabios e inventores del sigloXIX, pero trascendió cuando Fulton entró en escena. Logró la superación de las velocidades de los barcos, incidiendo así de manera muy decidora en el comercio de los productos.

La navegación contribuyó a alcanzar más rápidamente el mundo que conocemos hoy, sin perjuicio del significativo aporte, también, de la aviación. Entre aquélla  y ésta, sí, existe una diferencia.

La aviación provocó, en corto tiempo, una visión más universal en todos los pueblos, al introducir una sustancial variación en el transporte de personas; ha hecho cambiar el arte de la guerra de forma extraordinaria y ha ido más allá. Lanzó al hombre al espacio. Todo esto, sin embargo, no ha afectado prácticamente al comercio, lo que es evidente si se tiene en cuenta que el flete por barco es casi doscientas veces más barato que el flete por avión, en toneladas-kilómetros.

Las flotas mercantes en la actualidad son gigantescas. Estas, en su gran mayoría, se mueven por métodos muy parecidos a los que usó el “Clermont”. De mediados del siglo XIX al promediar la mitad del siglo XX, de seis millones de toneladas se llegó a cien millones  de toneladas . En la década que corre  ese tonelaje ha aumentado considerablemente.

Las indicadas cifras realzan la obra de Fulton, los esfuerzos que desplegó ante diferentes gobiernos para imponer la propulsión basada en el vapor. Si bien fue con ésta que alcanzó el éxito, no desmerece la visión que tuvo en relación con el submarino y con el torpedo.

El ingeniero civil, que adoptó este nombre para calificar la profesión a la que se dedicaba, fue, indiscutiblemente uno de los grandes inventores que ha conocido la humanidad.

Fuente: Diario La Nación: Suplemento “Gran Enciclopedia La Nación”. Colección “Forjadores de nuestro tiempo”.Fascículo nº  3, Santiago de Chile,s/f, pp 12-19 


jueves, 6 de agosto de 2015

El Secretario General de la ONU rindió hoy homenaje a las miles de víctimas de las bombas atómicas que cayeron en Hiroshima y Nagasaki hace 70 años y remarcó el apoyo de las Naciones Unidas a los sobrevivientes.

Ban subraya el apoyo de la ONU a los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki


06 de agosto, 2015 — El Secretario General de la ONU rindió hoy homenaje a las miles de víctimas de las bombas atómicas que cayeron en Hiroshima y Nagasaki hace 70 años y remarcó el apoyo de las Naciones Unidas a los sobrevivientes.

En un mensaje con motivo del aniversario de aquellas tragedias, Ban Ki-moon señaló que esta efeméride debe servir de recordatorio para todos de la necesidad urgente de eliminar las armas nucleares para siempre.

“Me hago eco de su llamamiento: no más Hiroshimas, no más Nagasakis”, señaló Ban en su mensaje, que fue leído por el Alto Representante para Asuntos de Desarme en funciones, Kim Won-soo, durante una solemne ceremonia en la ciudad japonesa de Hiroshima.

El titular de la ONU recordó además que este año se cumple también el 70 aniversario de las Naciones Unidas y que la primera resolución que adoptó la Asamblea General reflejaba la preocupación mundial por el uso de armas atómicas.

“A la vez que mantienen vivo el recuerdo de aquellos bombardeos, así debe hacerlo también la comunidad internacional hasta que tengamos seguro que se eliminan las armas nucleares”, subrayó el Secretario General de la ONU.

La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) recordó por su parte que, a pesar del tiempo transcurrido, los hospitales japoneses continúan atendiendo a miles de supervivientes por los problemas de salud que padecen y casi dos tercios de las muertes que se registran entre ese colectivo se deben al cáncer.

Se calcula que muchos miles de personas de entre los casi 200.000 sobrevivientes de aquellos ataques en Hiroshima y Nagasaki seguirán necesitando cuidados médicos a causa de enfermedades relacionadas con la radiación, al tiempo que muchos continúan padeciendo a nivel psicológico el efecto de aquellos bombardeos

La Cruz Roja japonesa ha gestionado desde 1956 hospitales para atender a sobrevivientes de la bomba atómica en Hiroshima y desde 1969 en Nagasaki. En conjunto han atendido a más de 23,5 millones de personas en consultas y han atendido a más de 2,6 millones de pacientes ingresados.

El pasado año esos centros prestaron atención médica a 4.657 sobrevivientes de Hiroshima y a 6.030 de Nagasaki.

jueves, 18 de junio de 2015

Ciclo Segunda Guerra Mundial : Documento Nº6: POSICIÓN DE CHILE DURANTE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL .


“……difícil le sería a Chile  intentar mantener su neutralidad frente a las presiones de las potencias en pugna durante el gran conflicto que se inicia  en Europa en 1939.

 Nuevamente cuando en 1941 Estados Unidos se incorporó al conflicto, los demás países se vieron en la necesidad  de fijar sus posiciones. En última instancia, la entrada de Estados Unidos a la guerra se produjo luego del ataque japonés a Pearl Harbor, hecho frente al cual el presidente interino de Chile expresó que el gobierno con fecha 9 de diciembre, había dictado un decreto en el que declaraba que no consideraba beligerantes, para los efectos de la aplicación de las leyes y principios que rigen la neutralidad, al gobierno de Estados Unidos y los gobiernos de las naciones americanas que se hubiesen declarado en estado de guerra con motivo del conflicto entre los Estados Unidos y Japón.

Esta actitud se apoyó en un principio fundamental de la política internacional de Chile : el de solidaridad hacia todo país de nuestro continente que sea agredido por una potencia extracontinental.

Pero sin perjuicio del estatuto no  beligerante otorgado a los Estados Unidos, que hizo extensivo a otros países americanos que habían declarado la guerra a una o más potencias del Eje, el gobierno de nuestro país promovió la reunión de consulta de Río de Janeiro, con el propósito de fijar una actitud solidaria de América frente al conflicto.

Esta solidaridad quedó claramente manifestada en la reunión de consulta celebrada en la ciudad capital de  Brasil.

Pero al gobierno de Estados Unidos no le bastó tal apoyo, aspirando a obtener un acuerdo de rompimiento con las potencias del Eje, frente al cual países como Chile y Argentina hicieron presente sus reservas, apoyándose en el criterio de que cada Estado debería actuar de acuerdo con sus propios intereses y circunstancias.

Esta posición de independencia sustentada por el gobierno chileno, regido por el presidente interino Jerónimo Méndez y por su canciller Juan Bautista Rossetti, encontró amplia acogida en la opinión pública.

También fue luego inicialmente sustentada por el presidente Juan Antonio Ríos. Pero, de una manera al comienzo respetuosa y diplomática, el gobierno de Estados Unidos siguió presionando, actitud que llevó al Presidente Ríos a declinar una invitación de Washington para visitar ese país.

En el fondo, Ríos temió comprometerse y optó por no exponerse tan directamente a las presiones del gobierno estadounidense.

No obstante dentro del gabinete del  presidente Ríos había a lo menos cuatro ministros que pensaban que Chile debía negociar su posición  frente al Eje, a cambio de beneficios económicos; esta actitud era compartida por sectores de algunos partidos políticos.

Por otra parte, una circular confidencial del Ministerio de Relaciones Exteriores, del 9 de julio de 1942, muestra tanto la posición que al respecto sostuvo el Partido Comunista como la sostenida por el gobierno.

“El Senado-dice dicha circular- aprobó en sesión de hoy, con sólo dos votos en contra, correspondientes a senadores comunistas, la política internacional del gobierno. Representación comunista propuso ruptura con el Eje, la cual fue rechazada con la misma votación. El texto de la declaración de gobierno aprobada por el Senado es el siguiente:
El gobierno se mantiene fiel a sus compromisos de solidaridad continental y conforme a esa  política, acentuará su actitud de vigilancia y represión de actitudes que se realicen dentro de su territorio y de sus aguas jurisdiccionales, y que pueden perjudicar a un país americano. El advenimiento de hechos nuevos que afecten a nuestro país puede modificar nuestra situación   ……”.

Es decir , la posición que hasta ese momento sostuvo el gobierno de Chile era de apoyo a los países americanos  y, a la vez, de independencia frente a las potencias en pugna; decisión que sólo se podría modificar de acuerdo a los mecanismos constitucionales de la república, en el caso que los intereses de ella así lo aconsejaran.

Por su parte, el gobierno de los  Estados Unidos, informado de que en nuestro país había quienes deseaban aprovechar la oportunidad para negociar, expuso que éste no era un asunto susceptible de negociación y que era de interés, tanto para Chile como para los demás países con los cuales éste mantenía  relaciones diplomáticas. Además, dice que espera que cuando Chile comprenda su responsabilidad ante la solidaridad del Hemisferio Occidental, romperá relaciones con el Eje.

Esta declaración causó gran molestia en el gobierno por considerarla una seria intromisión en asuntos internos del país.

Pero las presiones del gobierno estadounidense continuarán a través  de distintos medios, algunos de ellos  francamente lesivos para la dignidad nacional.

Por su parte, el presidente Ríos continuó ateniéndose a los criterios ya expresados.  La independencia de Chile frente a toda presión, lo que no significaba desentendimiento respecto  de los intereses hemisféricos: actitud ésta que, en general, la opinión pública chilena apoyó sin reservas.

No obstante, algunos meses después, hubo indicios que permitían apreciar un cambio de actitud del gobierno chileno frente a los países del Eje. En el mes de diciembre de 1942, el enviado chileno ante el gobierno de Estados Unidos, Raúl Morales Beltramí, transmitió la intención de llegar a un rompimiento con las potencias del Eje, pero junto con declarar dicha intención, el representante de nuestro gobierno hacía hincapié  en las grandes necesidades chilenas para la defensa del territorio, en especial de las regiones de Tocopilla, Coronel y Valparaíso.

Es decir, el gobierno chileno se encontraba en disposición de negociar el rompimiento sobre el cual el gobierno estadounidense insistiera durante largo tiempo. Logrado ya un acuerdo al respecto, el  20 de enero de 1943, el gobierno de Chile decretó:

“ Decláranse suspendidas a contar de esta fecha las relaciones diplomáticas y consulares del gobierno  de la República  con los gobiernos de Alemania, Italia y Japón.

“El Ministerio de Relaciones Exteriores tomará las medidas y disposiciones consiguientes a la indicada ruptura de relaciones .

“El Ministerio del Interior , de acuerdo con el Ministerio de Relaciones Exteriores, dictará las providencias que requiera el debido resguardo de las personas y propiedades de los agentes diplomáticos y cónsules de los mencionados países extranjeros  y de sus connacionales que no contraríen  los propósitos  que se han tenido en cuenta al resolver  la suspensión de las relaciones diplomáticas con los mismos países.
 ”Tómese razón, comuníquese, publíquese e insértese en el Boletín de Leyes y Decretos del Gobierno.
Juan Antonio Ríos
Joaquín Fernández

En esa misma fecha, el presidente Ríos  explicaba al país las razones que respaldaban la acción llevada adelante.

Refiriéndose a las recomendaciones estipuladas en la tercera reunión de consulta de Río de Janeiro, Ríos justificó la medida diciendo que ”aunque esta declaración se limita a hacer una recomendación de ruptura y, de consiguiente, no envuelve una obligación jurídica para las naciones concurrentes a su aprobación, estimo, no obstante, que una recomendación de esta naturaleza, analizada a la luz de los acuerdos tomados en conferencias anteriores y de los puntos 1º y 2º de su propio texto, envuelve una obligación de gran valor moral para Chile, dado que en ella se reafirma el principio de solidaridad continental y el reconocimiento de que todo acto de agresión contra uno de los países del Nuevo Mundo constituye una amenaza inmediata a la libertad e independencia de América”.

Resulta curioso destacar que en un  primer momento la posición del gobierno chileno precisaba que sólo cuando nuevos hechos afectaran a los intereses de Chile, podrían  llevarlo a una ruptura con el Eje, para más adelante sostener que la decisión la justifica por una obligación moral.

Para entender este cambio de postura, debemos considerar, por una parte, las constantes presiones estadounidenses ya comentadas. Pero también contribuye a explicar este cambio de posición la creciente comprensión de que las fuerzas totalitarias, representadas por los movimientos fascista y nacionalsocialista, herían los sentimientos humanitarios y democráticos del mundo occidental, hechos sobre los cuales insistía constantemente la persistente propaganda desarrollada con ese fin por los gobiernos aliados.

Por último, interesa recordar aquí un punto ya explicado en la crónica general del período, a saber que el gobierno chileno se vio forzado y pactó con graves consecuencias para los intereses económicos del país.


Fuente: Izquierdo, Gonzalo: “Historia de Chile”, TOMO III, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile 1990,pp 198-200

sábado, 13 de junio de 2015

Ciclo Segunda Guerra Mundial : Documento Nº 5: “PEARL HARBOR”


1941: 7 DE DICIEMBRE, 7.30 HORAS: Sin una declaración previa de guerra más de 400 aviones japoneses dejaron caer su mortífera carga de fuego y  metralla sobre la  flota norteamericana del Pacífico, anclada en la bahía de Pearl Harbor, en la isla de Oahú (archipiélago de Hawai). Murieron 2403 hombres y 18 barcos se hundieron o fueron seriamente averiados en aquel día fatal.


La euforia llenó el corazón de los atacantes que, a través de la radio, transmitieron a su portaaviones la frase clave: “¡Tora, tora, tora! (Tigre,tigre, tigre), confirmando que la sorpresa había sido total.

En esos momentos de júbilo , sólo algunos escasos estadistas nipones se dieron cuenta de que acababan de despertar a un tigre dormido, cuyas reacciones serían mortales para el imperio de Japón.

SE ACERCA LA TORMENTA .
Aprisionado en un pequeño territorio, pobre de materias primas e insuficiente para su numerosa población, Japón veía en Asia su ruta de expansión natural. Pero en su camino estaba Estados Unidos .

En la década de 1930, y luego de poco más de  diez años de paz mundial, los negros nubarrones de la guerra comenzaron a acumularse sobre los cielos de Europa.

El totalitarismo, ya fuese nazi-fascista o comunista, y los países perjudicados por el Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial , clamaban por la revancha.

El pueblo norteamericano, recuperándose lentamente de la crisis económica de los años 30, no pensaba  que  tales nubarrones auguraran peligro para el. Creía que los anchos océanos que lo separaban de Europa y de Asia lo ponían a cubierto de los avatares  de cualquier conflicto global. Pero su Presidente Franklin Délano Roosevelt, sabía que si se dejaba que los líderes de la Alemania nazi y de la Italia fascista, Adolfo Hitler y Benito Mussolini, conquistasen Europa,  América iba a ser el siguiente objetivo de los regímenes totalitarios.

Sin embargo, no sería el conflicto europeo, iniciado en 1939 con el ataque de Alemania a Polonia, el que sacaría a los norteamericanos de su aislamiento tradicional. El golpe que abriría sus ojos a la realidad vendría del Oriente, del poderoso  y expansivo Imperio del Japón.

EXPANSIÓN NIPONA  .
A partir de 1931, el gobierno  japonés cada vez más dominado por la casta  militar de los antiguos samuráis, practicó una política de expansión creciente.

A la ocupación de Manchuria en 1932, siguió en 1937 una guerra no declarada con China. 

Simultáneamente, se había aproximado a la Alemania nazi, firmando en noviembre de 1936 el pacto anti-Comintern. Este estaba destinado a frenar la influencia de la Tercera Internacional, creada en Moscú en 1919 para difundir por todo el mundo el socialismo marxista.

Pero el imperio japonés carecía de un plan bélico totalizador. Mediante sucesivos actos de fuerza ( uno de los cuales fue la invasión a China) llevaba adelante una política de hechos consumados que, esperaba, serían suficientes para obligar a los anglosajones, enredados en el conflicto europeo, a aceptar una paz de compromiso. Un acuerdo que les asegurara la posesión de todos los territorios obtenidos hasta entonces.

Más, los planes japoneses de rápida expansión por el  área enfrentaban un obstáculo: la flota norteamericana del Pacífico, anclada en Pearl Harbor. La destrucción por sorpresa de la misma se presentaba ante los círculos militares de Tokio como la condición previa a todo posible movimiento hacia el sur del Pacífico.
El más feroz partidario de la entrada en guerra, el general Hideki Tojo, se convirtió en Primer Ministro del Japón en octubre de 1941, sucediendo en este cargo al príncipe Fumimaro Konoye , de orientación pacifista. Las ideas de Tojo eran conocidas por todos: consideraba imposible cualquier victoria sobre China si el sudeste asiático no era anexionado, y si los  Estados Unidos no se desinteresaban de los resistentes chinos.

Las relaciones entre Tokio y Washington eran más que frías. Cuando las tropas niponas entraron en Indochina en 1941, Roosevelt prohibió cualquier entrega de hierro o de acero e incluso de  petróleo, al Japón.
El presidente norteamericano pensaba que las únicas represalias eficaces contra este último eran paralizar sus industria.
El gobierno japonés había intentado organizar un encuentro entre Roosevelt y el príncipe Konoye, pero esta gestión no dio resultado.

 El plan del nuevo Primer Ministro Tojo era el siguiente. Iniciar otras negociaciones con los Estados Unidos y proponerles un acuerdo. Si estas conversaciones fracasaban, considerar la destrucción pura y simple de la flota americana en el Pacífico. Tojo no dudó un solo instante que el pueblo norteamericano, ablandado por una vida fácil y no conociendo la guerra más que de lejos, se dejaría vencer fácilmente.
En el mes de noviembre de 1941 el Primer Ministro nipón propuso varias soluciones a Washington: China entraría en el área de influencia de Japón,  dejando  este último durante 25 años, guarniciones en territorio ocupado.
Otra solución, más modesta que aquella: que los americanos reemprendieran sus intercambios comerciales con el Japón a cambio de que Tojo consintiera en evacuar Indochina.

Roosevelt rechazó ambas proposiciones, la primera porque le pareció contraria a los intereses de China, la segunda, porque convertía a los Estados Unidos en cómplice de su anexión al Japón.
La nota americana precisaba aún más: “Es imposible empujar a los chinos a un armisticio mientras los japoneses no dejen de expresar intenciones no pacíficas".

UN PLAN MAESTRO   .

El ataque a Pearl Harbor fue planeado hasta en sus últimos detalles por el comandante en Jefe de la Armada nipona, el almirante Isoroku Yamamoto, un hombre que no creía en la conveniencia de una guerra con Estados Unidos.
En 1940, al conocer los proyectos del belicoso Ministro de Guerra Hideki Tojo, en una carta dirigida al entonces príncipe Hidemaro Konoye, Yamamoto decía:
“Si me ordena pelear, sin tomar en cuenta las consecuencias, haré estragos durante los primeros meses, pero no tengo  absolutamente ninguna seguridad de que en el tiempo siguiente pueda hacer lo mismo. Se debe evitar una guerra con Estados Unidos.
Educado en la Universidad de Harvard, y habiendo cumplido las funciones de agregado naval  en Washington durante más de un año, Yamamoto conocía la potencialidad industrial norteamericana  y sabía que podía prepararse rápidamente. Entonces no habría posibilidades de defensa ni de éxito.

“Japón no podría después negociar con dignidad una paz en buenas condiciones”, advirtió el almirante. Pero nadie quiso escucharlo.
Soldado obediente, Yamamoto se entregó entonces a su tarea de preparar la estrategia de guerra de Japón. Más que político, era un nacionalista declarado. Igual que sus compatriotas, creía que su país estaba habitado por una raza superior, capaz de crear un “nuevo orden” en Asia. Y antes que sus consideraciones personales estaba su deber.
     Desde el punto de vista estratégico, el plan del almirante Yamamoto era genial. Creía en el triunfo de un ataque por sorpresa, pero no en la victoria final .
       
EL HALCÓN DE LA GUERRA  .
En octubre de 1941, cuando Hideki Tojo pasó de Ministro de Guerra a Primer Ministro, se dio paso al plan de ataque a Estados Unidos elaborado por Yamamoto. Este pensaba que había que destruir el poderío norteamericano en el Pacífico para poder iniciar la guerra con esperanzas de éxito.
El entrenamiento de las tropas niponas comenzó a fines de octubre, y el día X se fijó para el domingo 7 de diciembre de 1941.

El 26 de noviembre la fuerza de ataque, al mando del almirante Chiuchi Nagumo abandonó su punto de reunión: las islas kuriles, al norte del archipiélago. Estaba integrada por seis portaaviones escoltados por dos acorazados, nueve destructores y ocho petroleros.
En conjunto , los portaaviones llevaban 423 aparatos:  cazas, bombarderos horizontales, bombarderos en picada, torpederos.
Era la fuerza aérea más importante que se hubiese aventurado hasta entonces sobre el mar.
A este contingente se sumaron 27 submarinos de largo radio, que se adelantaron a los portaaviones para ubicarse en torno al archipiélago de Hawai. Cinco de ellos podían lanzar submarinos de bolsillo, de 15 metros de largo, armados con dos torpedos reducidos y tripulados por dos hombres.
Los jóvenes oficiales se disputaron el honor de tomar el mando de esas máquinas suicidas.
En tanto la flota avanzaba , los diplomáticos de Japón y Estados Unidos proseguían sus negociaciones en Washington, sabiendo estos últimos que la flota  se movía en la inmensidad del Pacífico, aunque sin tener claro hacia dónde.
Se pensaba que su destino era Filipinas, pero aún se creía posible un arreglo pacífico.

EL DÍA X  .
Mientras navegaba , el almirante Nagumo esperaba una  confirmación de su orden de ataque. De acuerdo a sus instrucciones, debía retornar si era descubierto antes del día X menos 2 . Si se lo sorprendía  entre X menos 2 y X, él mismo decidiría si atacaba o no. Devorado por el pesimismo, pasó las noches dando vueltas por su cabina del portaaviones Agaki.

El 1 de diciembre llegó la tan esperada confirmación. “Niitaha yama nobora”, “Suban al monte Nitaha”. Eso significaba que el gobierno de Tokio había tomado su  decisión y que la guerra era un hecho irreversible. Eso quería decir también que toda la máquina de guerra japonesa se ponía en marcha: las tropas que debían tomar la ciudad de Hong Kong se acercaban a ella; las que habían de invadir Malasia y Filipinas comenzaron a embarcarse.

Solamente  la expedición del almirante Nagumo no llevaba soldados, pues su propósito no era ocupar, sino destruir.
El 2 de diciembre Nagumo reveló a las tripulaciones lo que sólo conocían los pilotos: el objetivo de la misión era destruir la flota norteamericana del Pacífico, anclada en Pearl Harbor. Los gritos de entusiasmo escaparon de todas las gargantas.
Luego,  la rutina del mar volvió a dominar los barcos. Como negros fantasmas, las naves de la flota nipona siguieron navegando silenciosamente por las aguas del Pacífico hacia su destino. Para que el secreto de  la misión fuese total,  llevaban sus luces apagadas y los aparatos de radio desconectados.
Los pilotos mataban el tiempo jugando al Go, un típico juego oriental , o redactaban, en forma de testamentos, mensajes grandilocuentes a la posteridad.
Se recibieron dos noticias, una buena y otra mala.
La buena, que las autoridades militares de Hawai no habían desplegado aún la barrera de globos ni las redes paratorpedos recibidas del continente.
La mala era que los tres portaaviones de la escuadra norteamericana del Pacífico: el Enterprise, el Lexington y el Saratoga, no estaban en Pearl Harbor.
Sin embargo Nagumo consideró que los ocho acorazados presentes en la bahía de Oahú constituían la columna vertebral de la fuerza naval que debía destruir. Por lo tanto prosiguió la marcha.
El 7 de diciembre por la mañana, fecha de Hawai, la flota nipona alcanzó su posición de ataque, a unos 350 kilómetros de Oahú. Todos los aviadores se bañaron y cambiaron sus ropas. Muchos se ciñeron sobre el casco el hashikami, la franja de samurái, e hicieron sus devociones ante los altares sintoístas colocados  sobre el puente de despegue. El día se levantaba en el momento en que las formaciones de aviones emprendieron vuelo.

HAWAI  .
El archipiélago de Hawai es un grupo de 20 islas en el Pacífico Central, conocidas antiguamente como Islas Sandwich. De origen volcánico, están bordeadas de arrecifes de coral, siendo las mayores Molokai, Jauaiai, Maui, Hawai y Oahú.
Oahú está en el centro del archipiélago , cuya capital es Honolulu. A 15 kilómetros de esta ciudad está Pearl Harbor, puerto de las Perlas, una bahía comunicada con el mar abierto  por una boca de 350 metros de ancho. En medio de la bahía se encuentra  Ford Island.
Oahú es  casi un punto en la inmensidad del Pacífico separada de cualquier masa continental por enormes extensiones  de mar. Sin embargo los servicios de inteligencia  norteamericanos no descartaban la posibilidad de un ataque contra Pearl Harbor.
El 24 de enero de 1941 , el Secretario de Marina norteamericano, Frank Knox, dijo en una carta a su colega de Guerra:  “ Es muy posible que las hostilidades con Japón se abran por un ataque brusco contra la flota o la base de Pearl  Harbor”.
A esa advertencia se sumaron otras. El 26 de noviembre de 1941, el almirante Stark, jefe del Estado Mayor de la Marina, dirigió al almirante Husband E. Kimmel, jefe de la flota del Pacífico en Pearl Harbor, instrucciones que empezaban así:  “Este despacho debe ser considerado como una advertencia de guerra…..”. Por su parte, el jefe del estado mayor del Ejército, George C. Marshall, envió una advertencia análoga al teniente general Walter C. Short, jefe de las fuerzas terrestres en Hawai: “Son previsibles acciones violentas en cualquier momento….”.

El 26 de noviembre , fecha de la advertencia de Stark, la fuerza de ataque japonés acababa de zarpar. Seis días de navegación la separaban de su objetivo

Las autoridades de Hawai tenían todo el tiempo necesario para poner el archipiélago en estado de defensa.
Poseían medios para ellos: 9 acorazados, 3 portaaviones, 12 cruceros pesados, 9 cruceros ligeros, 67 destructores, 27 submarinos, dos divisiones de infantería, 43 mil hombres, 227 aviones, de los cuales 152 eran cazas.
Pero no hicieron nada. Jamás creyeron que se encontraban en la mira de la flota nipona, en la primera línea de fuego. Las Filipinas, Guama, Wake, Midway podían estar en peligro. Pero ¿Hawai? … No
¡TORA, TORA, TORA! .
Cuando los aviadores japoneses comprobaron que la sorpresa era total, radiaron a sus portaaviones la frase clave : ¡”TORA, TORA, TORA!” (Tigre, Tigre, Tigre)

 La aurora del domingo 7 de diciembre dejó al descubierto un día  de excepcional  esplendor, aún para Hawai. En la serena quietud de la mañana la luz del sol comenzó a dorar el verdor de la isla de Oahú, bordeada de playas de fina arena. En la de Waikiki, las olas rompían dejando una estela de espuma.
La base con asiento en la isla  aún dormía. La noche anterior, marinos, soldados y aviadores, habían salido de sus cuarteles con permiso, distribuyéndose en bailes y recepciones.
El mismo almirante Kimmel asistió a una , pero se retiró antes de las 10 de la noche, pues ese domingo pensaba jugar al golf con el general Short.
Toda esa paz idílica desapareció en un instante a las 07:30 horas, trocándose en un infierno en que descendían del cielo el fuego y la metralla.

DORMÍA CUANDO  .
El teniente Robert Overstreet dormía tranquilamente en una cabaña del bosque, cuando fue despertado por el estrépito espantoso. Se asomó y vio que muchos de sus compañeros habían abandonado el lecho, creyendo , al igual que él, que se registraba un terremoto-
-Se diría que son aviones japoneses comentó uno.
-No-replicó otro- es nuestra Marina, que realiza maniobras.
Y volvieron a sus literas. Instantes más tarde, el agitado teniente Skalwold irrumpió sin aliento en la pieza de Overstreet y con el rostro pálido le dijo:
¡Los japoneses atacan!
Overstreet se asomó a la ventana y vio una nube de aviones girando sobre la base  naval. En ese momento un agrupo se abalanzaba en picada sobre la isla y resultaba fácil reconocerlos, al punto que se divisaban las ametralladoras y el piloto.
 A medio vestir, los oficiales se precipitaron hacia el aeropuerto para trepar en sus aviones de caza. Pero otro oficial, en medio del estruendo que causó la explosión de las primeras bombas, señaló la pista de aterrizaje, donde los aviones agrupados parecían una brasa gigantesca.
En el plan del ataque japonés los primeros objetivos fueron los aeródromos , los centros de comunicación y la artillería antiaérea, para impedir la réplica . Después venían los navíos que , atascados en los muelles, en ordenadas filas eran blanco fácil.

ARDE LA FLOTA DEL PACÍFICO  .
El acorazado California estaba sólo, al final de la línea de naves gruesas. Fue el primero en ser alcanzado por los ataques  de los aviones torpederos, que lanzaban los proyectiles más potentes conocidos hasta entonces en la Segunda Guerra Mundial y cuyo mecanismo era un prodigio de ingeniería..
En escasos minutos el infierno cayó sobre el resto de los navíos. Mientras el California, ardiendo como una hoguera, se inclinaba, atracado de costado a tierra, se protegía tras el Oklahoma, que recibió cuatro torpedos antes de un minuto. Rápidamente este último empezó a hacer agua y poco después se hundió por la popa, levantando la quilla hacia el cielo en medio de las llamas, el humo y el ulular de las sirenas. En su interior quedaron prisioneros 400 hombres, incluso su capitán. Nadie alcanzó a cumplir su orden de abandonar el buque.
En la hilera seguían el Tenessee  y el West Virginia. Ambos fueron alcanzados. Un avión de altura tenía en su mira al Arizona, sobre el cual dejó caer cinco bombas. Una penetró por la chimenea del buque momentos después explotaron 800 kilos de pólvora negra, convirtiendo el buque en una hoguera que no se extinguiría antes de varios días. Más de un millar de hombres murió entre las llamas. A su lado el vientre del Oklahoma, que se había hundido dando vuelta de campana, emergía grotescamente.
En medio de la confusión , el Nevada, hundiéndose se dirigía a la playa.
Tan sólo el Pennsylvania, varado en un dique seco, había escapado.
En el cielo, entretanto, sólo se veían aviones japoneses que pasaban en oleadas dejando caer su carga mortal. En tierra, Pearl Harbor y sus alrededores eran la representación misma del caos.
Mientras duró el ataque, los aviadores norteamericanos habían realizado valerosos esfuerzos para salir y ofrecer resistencia en los pocos aviones que se salvaron de la agresión. En medio de una frenética arremetida, lograron derribar algunos aparatos.
Desde tierra, unas pocas baterías antiaéreas les acompañaron en su acción, disparando mientras los defensores gritaban enfurecidos a los atacantes.

UN GOLPE CASI MORTAL  .
Los aparatos de la primera oleada del ataque japonés demoraron casi una hora en completar su tarea. Cuando se retiraban, una segunda oleada llegó con su mortífera carga para rematar la acción de los primeros.
En el transcurso de otra, inutilizaron los buques y elementos de guerra que habían escapado a sus antecesores, y especialmente los buques menos damnificados.
La aviación nipona sugirió un tercer ataque inmediato, pero el almirante Nagumo optó por retirarse, sin haber destruido los talleres de la base y los gigantescos depósitos de combustibles. Inmediatamente después que los aviones de la última oleada alcanzaron la  escuadra atacante, aterrizando en su portaaviones, ordenó izar banderas de señales  y la flota viró de inmediato, y a toda máquina rumbo al norte.

ALERTA ALERTA .
El almirante Kimmel fue avisado  del ataque  mientras se preparaba para su partida de golf. Cuando llegó el automóvil que lo debía conducir al cuartel general, el bombardeo estaba en su punto culminante.
Los aviones torpederos volaban de un lado a otro de la bahía, tan bajo que casi se  alcanzaban a tocar, lanzando sus letales máquinas entre las entrañas de los barcos de guerra, mientras los bombarderos en picada descendían como aves de presa sobre los seis aeródromos de la base.
Desde arriba, los bombarderos de  altura dejaban caer una lluvia de mortíferos proyectiles, y los de combate entraban y salían como avispas, acosando con sus ametralladoras.
El estruendo de las bombas, el silbido  de las balas, el rugir de los motores de los aviones, el estampido de los cañones de los sorprendidos defensores que  ya habían empezado a escupir fuego desde todos los rincones de Pearl Harbor, el ácido olor de los incendios, todo se mezclaba en una caótica sinfonía de ruidos digna del más negro rincón del infierno.
 La mayoría de los norteamericanos, cogidos de improviso en medio de esa atroz carnicería, quedaron paralizados momentáneamente. Aturdido, desconcertado Kimmel se precipitó a su despacho. Tenía el rostro demudado y en él se pintaba la desolación al tratar de recobrar la calma entre las ruinas  de su mundo que se desplomaba.
Desde su oficina, ordenó lanzar al aire un mensaje que, más que una petición de ayuda, fue una advertencia que dio la vuelta al mundo y sirvió  para que Washington supiera de la agresión nipona.
-          Ataque aéreo sobre Pearl Harbor. No se trata de ejercicios. ¡AMÉRICA DESPIERTA!

En Washington, el Secretario de Marina Frank Knox se encontraba en su despacho cuando el Jefe de Operaciones , el almirante Stark, se abalanzó en la oficina para entregarle el mensaje de Kimmel.
-          ¡Dios mío, esto no es posible-murmuró Knox- seguramente se trata de las Filipinas!
De inmediato llamó a la Casa Blanca e informó al Presidente Roosevelt. Este tomó la mala nueva con calma.
       - Si esta noticia es verídica-dijo- ya nada puede librarnos de la guerra.

LA IRA DE UN PUEBLO .
Los norteamericanos recibieron la noticia a las 14:26 horas del mismo día 7 de diciembre . Todos fueron cogidos por la sorpresa, pero este sentimiento cedió de inmediato ante una ira increíble. Este ataque, sin declaración de guerra, fue u duro despertar que los obligó a ver el conflicto europeo , extendido ya a Asia y África, no como algo lejano y ajeno, sino como algo próximo y propio.
Al hablar a su pueblo, Roosevelt dijo:
-          Hemos podido comprobar que la guerra moderna es un negocio repugnante. No queríamos entrar en ella, pero en ella estamos y vamos a combatir con todos nuestros recursos.

En el Senado , la declaración de guerra a Japón se votó con la unanimidad de los 81 presentes. En la Cámara sólo hubo un sufragio en contra, el de una solterona de Montana, Jeanette Rankin, que había votado contra la guerra en 1917 y en 1941 insistía.

EMBRIAGUEZ DE TRIUNFO  .
En Japón , el entusiasmo provocado por el éxito de Pearl Harbor fue formidable. El regreso de los vencedores  provocó  un delirio patriótico. Solamente Yamamoto, el artífice del triunfo, permanecía sobrio en medio de una masa histérica e hizo notar que no se habían alcanzado a los portaaviones , que los acorazados destruidos eran barcos viejos, que la potencia norteamericana seguía siendo colosal y que esperaban al país combates desesperados.
Sus funestos presagios no fueron atendidos, aunque el tiempo le daría la razón .

“GRACIAS A DIOS…” .
Entretanto el Primer Ministro inglés Winston Churchill, supo la nueva del ataque a Pearl Harbor mientras cenaba con el embajador norteamericano en Gran Bretaña. Durante la reunión, una radio cercana transmitía música y noticias. De repente, algo se dijo sobre Hawai.
-          ¿He oído bien? –preguntó Churchill-los japoneses han bombardeado los barcos norteamericanos en Hawai.
Sus invitados no habían escuchado nada
Pero la duda sólo duró un instante. El mayordomo confirmó:
-Sir, es verdad; lo hemos oído en el office. Los japoneses han atacado a los norteamericanos en Pearl Harbor

Como un loco, Churchill se precipitó a su secretario y llamó a Roosevelt  por teléfono. La voz de éste le confirmó la agresión, su salvajismo, su perfidia. Churchill resplandeció.
-Ahora-añadió el Presidente norteamericano- estamos en el mismo barco.
Esa noche, el Primer Ministro inglés rezó en silencio: “Gracias a Dios, ahora no estamos solos”.

COMIENZO DEL FIN .

El 15 de diciembre de 1941, una semana después del ataque a Pearl Harbor, el conflicto que en un comienzo sólo  involucró a algunos países del Viejo Continente , se volvió total. Cuarenta y cinco países estaban  en guerra, 15 de ellos desde hacía menos de  ocho días.
De los 45, diez adhirieron a la coalición , formada por el Eje Berlín-Roma-Tokio. Pero el mapa de la guerra les era favorable, ya que dominaban la casi totalidad de la Europa continental, las partes más ricas de la Unión Soviética y las provincias más pobladas de China. Aún se hizo más favorable con las rápidas conquistas japonesas en el Pacífico.

Sin embargo, paulatinamente el equilibrio de fuerzas se inclinó en detrimento del Eje. La superioridad inicial nacida de la agresión disminuyó sin cesar; la superioridad resultante de la preponderancia de los recursos, de la potencia industrial, del dominio de los mares, aumentó hasta hacerse insostenible.

EL PRECIO DE UNA VICTORIA .
La euforia del triunfo nipón fue corta. Poco a poco, Estados Unidos reemplazó los barcos perdidos por otros mejores, e incrementó su número. Luego se volcó al Pacífico y recuperó con creces cada pulgada de terreno que algún día estuviera en sus manos, hasta que acorraló al Imperio del Japón en su isla, y de allí lo conminó   rendirse.
Pero la orgullosa estirpe de los samuráis no quiso entender que  todo estaba perdido. Prefería inmolar hasta el último hombre antes de reconocer la derrota. Entonces se empleó el argumento decisivo. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki por el juego atómico. Japón debió doblar la cerviz, y en la cubierta de un barco norteamericano anclado en la bahía de Tokio firmó su capitulación.
El almirante Hideki Tojo, el agresivo ministro partidario del enfrentamiento, terminó su vida en 1948 , ejecutado como criminal de guerra. Antes que él había muerto Yamamoto, el genial artífice del   ataque a Pearl Harbor, durante una inspección que hacía al frente de batalla el 18 de abril de 1943. El servicio secreto de los Estados Unidos, que había descifrado la clave japonesa, sabía donde se dirigía a qué hora y de qué manera viajaría. La infalible puntualidad del almirante lo perdió y lo hizo caer en una emboscada que le tendió una escuadrilla de aviones sobre las selvas tropicales de Bungavilla (Islas Salomón, en el Pacífico Sur)


Fuente: Diario La Tercera: Suplemento “Grandes EPISODIOS de la Historia: “PEARL HARBOR”. Santiago de Chile, s/f, pp 46

ANEXOS  .
El enigma del soldado desconocido que desapareció en Pearl Harbor  .Tras el ataque se perdió la pista del estadounidense Edwin Hopkins. Ahora, 74 años después, sus restos han sido encontrados y serán repatriados hasta su hogar

Han pasado unos 74 años desde que el estadounidense Edwin Hopkins desapareció sin dejar rastro después de que los japoneses atacaran Pearl Harbor. El que aquel 7 de diciembre de 1941 los nipones enviaran al fondo del mar el buque en el que navegaba (el «USS Oklahoma») hizo suponer a sus familiares, amigos y al propio gobierno de los Estados Unidos que había fallecido. Sin embargo, esto no se corroboró hasta el pasado 2008, cuando se analizaron una serie de esqueletos en una tumba común de varios marineros y se halló su cuerpo. Ahora, 6 veranos después de aquella noticia, su familia ha logrado finalmente que los restos de aquel joven vuelvan hasta su hogar de una vez por todas.
La triste historia de este marinero, tal y como afirma la versión digital de la cadena «BBC», empezó cuando Estados Unidos comenzó a alistar una ingente cantidad de combatientes después de que los nazis tomaran, en menos de un mes, Francia. Fue en ese momento cuando el hermano mayor de Hopkins y uno de sus primos decidieron unirse a la marina para combatir en una guerra que, según se barruntaba, podría atravesar el charco más pronto que tarde. Edwin siguió su camino al cumplir los 18.
Meses después, el más pequeño de los Hopkins presentes en el ejército fue destinado en el «USS Oklahoma», un acorazado de la clase Nevada que había participado en la Primera Guerra Mundial. Desde allí, Edwin envió una postal con la fotografía del buque a su familia. Estaba orgulloso de servir en él. «En la carta decía que había subido al Oklahoma con rumbo a Hawái. Se la mandó a su madre y eso fue todo», señala, en declaraciones recogidas por la cadena británica Tom Gray, uno de sus primos.
En 1941, la suerte de Hopkins se tornó negra, pues el Oklahoma se hallaba amarrado cerca de la base de Pearl Harbor, la cual fua atacada por la fuerza aérea japonesa el 7 de diciembre. Aquella jornada, el «USS Oklahoma» fue el primer buque impactado por las bombas niponas y se hundió en el fondo de las aguas en menos de 15 minutos. «Edwin era un bombero de tercera clase y, seguramente, se encontraba en lo más profundo de la bodega del barco cuando fue torpedeado. Eso fue lo último que supimos de él» finaliza Grey.
A partir de ese momento, Edwin desapareció de la faz de la Tierra. Lo mismo pasó con otros tantos de los 429 oficiales y suboficiales que fallecieron –presuntamente- a bordo del «USS Oklahoma». Muchos de ellos, de hecho, no serían hallados hasta las posteriores partidas de rescate de los cadáveres que se realizaron entre 1942 y 1944 y, de esos, el ejército tan solo identificó 35. Esto provocó que siempre hubiera un atisbo de esperanza en la familia Hopkins, que pensó que Edwin podría estar vivo y recuperándose en algún hospital. Falsas esperanzas, pues su hijo había muerto.
La vuelta al hogar
Esta intriga continuó viva hasta 2008, año en que un veterano de Pearl Harbor inició una investigación sobre los cuerpos y descubrió que varios habían sido enterrados en el Cementerio Naval Halawa, de Hawái, y trasladados posteriormente hasta el Cementerio Nacional de los Caídos de Punchbowl, en Honolulu. Sin embargo, el gobierno tuvo por entonces problemas legales y no pudo (o no quiso, según las familias) realizar la identificación de los restos. Por el contrario, se limitó a inhumarlos en grandes fosas bajo la siguiente lápida: «Soldados desconocidos».
Sin embargo, la familia de Edwing logró, tras varios años de litigios, desenterrar los restos del que creían que podía ser Edwin y confirmar su identidad. Una pequeña victoria nada menos que seis décadas después. «Cuando mis primos se enteraron, a todos se les cayeron las lágrimas porque fue algo increíble. La hermana menor de mi padre tiene 88 años, ella es la única persona viva que conoció a Edwin. Cuando le conté se echó a llorar, no lo podía creer», afirma Grey.
Desde ese momento, los Hopkins siguieron luchando para poder trasladar a los restos de Edwin a su ciudad natal, algo que lograron el pasado mes de abril después de que el Departamento de Defensa ordenara exhumar los restos de más de 400 marinos fallecidos en el «USS Oklahoma» con la finalidad de identificarles y enterrarles. Ahora, ya solo es cuestión de tiempo que el combatiente regrese, por fin, a su hogar.



Fuente: Diario ABC :  “El enigma del soldado desconocido que desapareció en Pearl Harbor”, Madrid, España, 2 de junio de 2015,   http://www.abc.es/cultura/20150531/abci-pear-harbor-misterio-soldado-201505311329.html

lunes, 1 de junio de 2015

Ciclo Segunda Guerra Mundial : Documento Nº 4 : “EL DÍA D DESEMBARCO EN NORMANDÍA”



Era el día 6 de junio de  1944, el Día D, el del desembarco de los aliados en Normandía, el que el mariscal de campo alemán  Erwin Rommel llamó EL DÍA MÁS LARGO DE LA HISTORIA .

NUNCA ANTES
Se había desplazado por los mares una fuerza naval tan poderosa: 5.333 unidades, entre buques de guerra y navíos de desembarco
NUNCA ANTES
Tantos aviones habían dejado caer su carga mortal sobre las posiciones alemanas en las costas francesas de Normandía, región situada frente al Canal de la Mancha, que separa a Inglaterra de Francia: 10 mil aparatos
NUNCA  ANTES
Tantos soldados se habían reunido para participar en una operación militar: 200 mil hombres entre ingleses, norteamericanos, canadienses, neozelandeses, franceses y otros.
NUNCA ANTES
Habían sido   tan formidables los obstáculos  por superar: 5 millones de minas, vastas regiones convertidas en pantanos artificiales , poderosos cañones emplazados en posiciones estratégicas, nidos de ametralladoras, fuertes contingentes militares.

LAS HORAS DECISIVAS .
Cuando los ingleses sintieron el ronronear interminable de los aviones que partían hacia la Europa de Hitler, supieron que había llegado el momento de la venganza.
La noche del  5 de  junio de 1944, en el sur de Inglaterra, los que dormían despertaron. Los que no,  abandonaron sus ocupaciones y quehaceres. Todos salieron a escuchar.
Quienes habían vivido allí los últimos años estaban acostumbrados a noches ruidosas. Conocían el rumor de los bombarderos alemanes y el estrépito de los ataques aéreos. Últimamente se habían habituado al ronroneo peculiar de los bombarderos británicos y regresaban de  madrugada a sus bases. Pero este, el de la noche del 5 de junio, era un ruido distinto. Todos lo recordarían como diferente a los oídos anteriormente.
Acostumbrados a vivir en guerra adivinaban lo que estaba ocurriendo por lo que percibían. Al escuchar esa noche, con emoción y orgullo se percataron de lo que estaba pasando, a lo lejos, rumbo al sur, el mayor contingente de fuerzas aéreas visto hasta entonces.

UNA EMOCIÓN ANGUSTIANTE .
Nadie dudaba de su significado. Incluso quienes nada tenían que ver con secretos  militares sabían que esto ocurriría. También lo sabía el enemigo, las fuerzas alemanas apostadas al otro lado del Canal de la Mancha, sobre las Costas de Normandía, parapetadas en lo que la propaganda nazi calificara como “elmuro del Atlántico”.
En los puertos ingleses se decían unos a otros: “ Ha llegado la hora”. La emoción con que sentían el ruido era tan profunda que ni siquiera intentaban expresar sus sentimientos.
Se trataba de la invasión, como todos sabían o adivinaban; de esa invasión que, de tener éxito, debía redimir el desastre de Dunkerke, donde cuatro años antes conocieran el amargo sabor  de la derrota; de esa invasión que había de demostrar con cuánta razón los ingleses no habían querido darse por vencidos precisamente cuando todo el mundo les consideraba exhaustos.
Se trataba de recompensar cuatro años de trabajo intenso, agobiante, que les había permitido pasar de la deplorable situación de 1940 a codearse con los Estados Unidos.
Para los ingleses en particular, podía significar el primer rayo de sol después de la tormenta. Significaría, en todo caso, que lo peor ya había pasado, que se aproximaba el fin de las penalidades, del aburrimiento, del dolor, del fracaso tanto tiempo soportado

SER O NO SER .

Eso suponiendo el éxito. Pero si la empresa fallara, ¿qué consecuencias acarrearía?. La gente ni siquiera se atrevía a pensarlo. Sabían, sin embargo, que supondría por lo menos un desastre militar del que, en el mejor de los casos, tardarían años en recuperarse. Dudaban seriamente, agotados como estaban de poder sobrevivir, de poder superar tamaña decepción, de recomenzar lo de Dunkerke.
Esa noche se acostaron-los que lo hicieron- con el presentimiento de que se avecinaban grandes acontecimientos. Sabían que el día siguiente les traería nuevas de una batalla decisiva.
Estaban contentos porque había llegado el momento de jugárselo todo. Naturalmente sentían gran inquietud por esos miles de hombres, gente suya, que se encaminaban ahora, en la noche, hacia la batalla, y también por los americanos, por los franceses, canadienses, etc, a  quienes acababan de conocer. Muchos pensaban en determinadas personas a las que suponían, con o sin fundamento, dirigiéndose a Francia.
La noticia cumbre en la prensa de la mañana del día 6 seguía siendo la caída de Roma en poder de los aliados, anunciada ya en la víspera. Nada se decía de esos otros acontecimientos más cercanos. Nada se supo hasta después de las 9. Entonces un escueto parte anunció:
“Fuerzas navales aliadas, apoyadas por fuertes contingentes aéreos, han comenzado esta mañana a desembarcar tropas en la costa francesa, bajo el mando del general Eisenhower”.
Esta breve noticia, que la gente del sur de Inglaterra había presentido a partir del rumor de los aviones, se expandió  por el  mundo en pocos minutos.

OPERACIÓN OVERLORD .
Con el ataque a Normandía culminaban  dieciocho meses de cálculo y trabajo de las fuerzas aliadas. Se materializaba una idea que había nacido en Dunkerke en 1940, cuando los soldados británicos más expertos se batían en retirada por la costa continental acosados por el fuego alemán.
En ese momento de derrota se trataba de un proyecto de realización lejana, pero no imposible. El mismo año, mientras la mayor parte de los ingleses se preocupaba de improvisar la propia defensa, se creó un organismo llamado de “Operaciones Combinadas”, que ya estaba estudiando las técnicas de aterrizaje y desembarco en  costas enemigas. Dieciocho meses más tarde cuando el capitán Lord Louis Mountbatten tomó el mando de las Operaciones Combinadas, el Primer Ministro inglés  Winston Churchill le ordenó que “proyectara la ofensiva”. El proyecto fue bautizado “Operación Overlord”.
En 1943, Churchill y el Presidente norteamericano Franklin Délano Roosevelt decidieron designar un Estado Mayor Conjunto o Aliado que preparara un plan definitivo de desembarco.
Al frente de este Estado Mayor estaba el teniente general F.E. Morgan, nombrado jefe a las órdenes del Comando Supremo Aliado, todavía sin elegir.
 En 1943 este comando estudió unos seis meses las costas del continente, las fuerzas aliadas y alemanas que podrían intervenir en la batalla, así como los detalles técnicos complicados del proyecto. Fue entonces -–un año antes de la invasión- cuando se decidió el lugar del desembarco, resolución que debía guardarse en absoluto secreto hasta el momento en que la flota de invasión fuera divisada desde la costa francesa.

¿NORMANDÍA O CALAIS? .
Muchos fueron los factores que se tuvieron en cuenta antes de decidirse: playas adecuadas para el desembarco, espacio suficiente para desplegar después el ejército, condiciones atmosféricas, mareas, distancia de las bases de aviación de corto radio de acción, distancia de otros puertos que pudieran capturarse para auxiliar al ejército, la defensa alemana.
 De toda la costa europea desde Noruega hasta el golfo de Vizcaya en España, y siguiendo la lógica militar más estricta, sólo dos lugares parecían adecuados. La zona de Calais y la costa de Normandía, comprendida entre Cherburgo y el Havre.
Los norteamericanos se inclinaban por Calais, por ofrecer la ruta más directa hacia Alemania.
Los ingleses preferían Normandía, por ser más débiles sus defensas.
El Comando supremo se decidió al fin por Normandía lo que fue ratificado por Roosevelt y Churchill en agosto de 1943, en la Conferencia de Quebec (Canadá). Ambos acordaron que el Comandante Supremo fuese americano e ingleses su lugarteniente y los otros tres jefes. Asimismo , se fijó la fecha de acción: mayo de 1944.

DÍA D, HORA H .

En diciembre de 1943 Roosevelt encargó  a Dwight Eisenhower, entonces comandante supremo del Mediterráneo, que dirigiera  la invasión a Francia.
En enero de 1944 se dieron a conocer los nombres de los subordinados ingleses: el mariscal Arthur Williams Tedder, jefe de las Fuerzas Aéreas, fue nombrado lugarteniente de Eisenhower; como jefe de los ejércitos de tierra, mar y aire se designó al almirante Ramsay, al general Bernard Law Montgomery y al mariscal Leigh Mallory.
En la conferencia de Teherán (Irán), realizada a fines de noviembre de 1943, el gobernante soviético José Stalin había demostrado su impaciencia a sus aliados de Estados Unidos e Inglaterra. Deseaba que ambos establecieran con urgencia un segundo frente en Europa que aliviara a los rusos en su lucha contra Hitler. Roosevelt y Churchill le habían prometido  comenzar su ofensiva en mayo de 1944. Así, en enero de ese mismo año, al tomar el mando los nuevos jefes del Comando Supremo, se dieron cuenta de que sólo disponían de cuatro meses.
Cuando Eisenhower y Montgomery vieron por primera vez el proyecto detallado del Comando Supremo aliado convinieron en que la zona de desembarco era demasiado estrecha y que la tropa prevista para el primer asalto era insuficiente.  A instancias del primero, se buscó y recogió material de desembarco por todo el mundo. Así y todo resultaba insuficiente.
No quedó más remedio ( a pesar de que Churchill estaba preocupado por lo que diría Stalin) que atrasar el desembarco hasta los primeros días de junio, a fin de añadir  al menos el armamento fabricado en un mes.

ELECIÓN DEL DÍA  .
La elección de la fecha exacta de junio fue dada por las mareas, el plan de ataque y las defensas alemanas. Aquella primavera europea la aviación efectuó a diario vuelos de reconocimiento por la costa francesa.
Las fotografías sacadas iban mostrando el emplazamiento de nuevas piezas de artillería y cómo los alemanes y población civil francesa levantaban en las playas, a marchas forzadas, toda clase de obstáculos, tales como estacas , rampas, barricadas de acero y tela metálica, muchos de ellos provistos de minas.
En poco tiempo , el mariscal alemán Erwin Rommel había convertido Normandía en una trampa mortal .
Tal  como querían los alemanes, estas obstrucciones obligaban a los atacantes a una verdadera selección entre calamidades: en caso de efectuarse la ofensiva durante la marea alta, dichos obstáculos, entonces sumergidos e invisibles, interceptarían y desbaratarían gran parte del potencial del desembarco.
De realizarse éste durante la marea baja, las tropas se verían obligadas a cruzar una playa abierta al fuego alemán, ya que las playas de Normandía son de pendientes muy suaves y el alcance de las mareas es muy amplio. Es decir, durante la marea baja tienen una anchura aproximada de 250 a 350 metros .
Eisenhower y Montgomery decidieron correr este último riesgo, reduciéndolo en  lo posible bombardeando intensamente, momentos antes, las defensas y descendiendo tanques con que cubrir el avance de la infantería. El desembarco comenzaría justo al fin de la marea baja. Se destruirían inmediatamente los obstáculos para continuar bajando tropas y material durante la crecida.
ELECCIÓN DE LA HORA .
Convenía que la flota se acercara a la costa cubierta por la oscuridad de la noche. Por otra parte, la aviación y la misma flota necesitaban una hora de luz para bombardear debidamente las defensas. El desembarco, pues, debería realizarse una hora después del amanecer. Había que combinar esa hora con el estado requerido de mareas.
El 6 de junio era el momento en que la marea baja se daba en Normandía una hora después del amanecer. Las condiciones del 5 y 7 eran también aceptables. No así las de   los días siguientes. Hasta quince días después , alrededor del 20, no volvían a darse condiciones favorables, pero entonces la luna sería menguante y los paracaidistas y fuerzas aerotransportadas preferían la luz de la luna.
Por otra parte la promesa hecha a Stalin se atrasaría, en este caso, quince días más. Por todo ello se escogió el 5 de junio.
Se tenían dos días más, en caso de que las condiciones atmosféricas fueran malas.
La hora H, momento de iniciarse la invasión, sería las 6.30 en el extremo oeste de la zona escogida y las 7.30 en el extremo este.

FRENTE A FRENTE  .
Antes de que los aliados pusieran a Montgomery al frente de las tropas de invasión, los alemanes-sabiendo que ésta, forzosamente, debía producirse- encargaron al mariscal Erwin Rommel la defensa de la costa del noroeste de Europa.
Rommel y Montgomery eran antiguos conocidos en el campo de batalla. Ambos se habían batido duramente en las ardientes arenas del norte de África, en Alamein, y el militar había sido derrotado por el inglés.
Ahora el destino volvía a ponerlos frente a frente en las heladas aguas del Canal de la Mancha.
La propaganda alemana había hablado de la “muralla atlántica”, formada por una cadena de defensa inexpugnables a lo largo de la costa. La Confianza de Hitler era total. Contrariamente a la mayor parte de sus generales, creía en la eficacia de esta nueva “línea Maginot” destinada, esta vez , a impedir a los ejércitos de invasión poner pie en el continente.

UN MURO DE PAPEL .
Pero Rommel se encontró con que la famosa muralla era, en realidad, poco más que propaganda. Se había exagerado mucho para evitar que británicos y norteamericanos intentaran un ataque aéreo y para animar a los alemanes.
De hecho nunca había sido considerada como de importancia capital por la defensa alemana. Se había llevado material destinado a su construcción a otros lugares en apariencia más necesitados. En muchos sectores su construcción era negligente, pues los mandos alemanes consideraban su destino a Francia como unas vacaciones de sus actividades en el frente ruso.
Más Rommel era un hombre de una energía extraordinaria, y se puso a  fortificar a marchas forzadas a fin de conseguir el fracaso de la invasión que sabía, se preparaba en Inglaterra. Su labor, sim embargo, se vio frenada por la escasez de material y por la discrepancia  de opinión del Alto Mando nazi.
Rommel pensaba que la invasión debía pararse en el mar o en la costa. El mariscal  Gerd von Rundstedt, su inmediato superior, lo creía imposible y confiaba más en las reservas, que intentaba conservar intactas hasta que se evidenciaran las intenciones del invasor.
Los alemanes habían deducido que la invasión se efectuaría (tal como lo habían pensado los aliados) por Calais o por Normandía; pero no sabían con certeza por cuál de esos puntos se produciría. El Alto Mando nazi pensaba que sería por Calais. Rommel, que por Normandía.
UN ENGAÑO EXITOSO  .
Estas desavenencias dentro del Alto Mando alemán provenían en parte del engaño de los aliados , que habiéndose decidido por Normandía, estaban haciendo cuanto podían para persuadir al enemigo de que se atacaría por Calais.
Mientras el ejército y la flota se estaban concentrando en el suroeste de Inglaterra, en el sudeste se levantaban falsos campamentos y se concentraban flotas simuladas.
Por radio se fingía la actividad de todo un ejército en Kent, a cuyo frente se puso, con gran publicidad al general George S. Patton.
Por otra parte se efectuaban más vuelos  de reconocimiento y más ataques preliminares  en Calais que en Normandía.
Barcos falsos y aviones simulados, que el radar aumentaba considerablemente, se dirigían a Calais. El contraespionaje británico se había encargado también de infiltrar esas ideas erróneas entre los mandos alemanes.
Después de la guerra se encontraron en los archivos germanos 250 informes prediciendo el lugar y fecha de la invasión. Todos eran erróneos, menos uno.
El engaño fue tan perfecto que von Rundstedt, por ejemplo, semanas después del desembarco todavía creía que se trataba de una maniobra fingida y que la ofensiva principal llegaría por Calais.

EL PLAN EISENHOWER .
El plan de ataque de Eisenhower cubría unos cien kilómetros, desde el río Dives cerca de Caen, hasta el este de la península de Cherburgo. Durante la noche, se lanzarían sobre los dos extremos importantes contingentes de paracaidistas y fuerzas aerotransportadas: sobre el oeste los norteamericanos y sobre el este los británicos, para proteger los flancos de las tropas de desembarco.
Al despuntar el alba, los buques y la aviación bombardearían la costa. Al cesar el  bombardeo, la tropa desembarcaría en cinco tramos distintos. También aquí las fuerzas norteamericanas  tenían que colocarse al oeste y las británicas al este. Los primeros tenían señalados los dos sectores de la playa que hay a los lados del estuario del río Vire, señalados en clave con los nombres de Utah y Omaha. Las otras tres playas conocidas como Gold, Juno y Sword, estaban destinadas a los británicos.
Sin embargo en Juno desembarcarían principalmente tropas canadienses.
El proyecto era gigantesco. La flota, de 5.333 unidades, era la mayor que hasta entonces se había formado. Lo mismo se podía decir de las fuerzas aéreas, con un contingente cercano a los 10.000 aparatos.  Jamás se había proyectado cosa parecida.
El bombardeo que debería realizarse momentos antes de la invasión era el mayor, el más pesado y concentrado de los proyectados hasta la fecha.
Los cálculos realizados, los más complicados.
Para solucionar los nuevos problemas que planteaba el proyecto se inventaron puertos artificiales, tanques flotantes,etc. Las órdenes navales llegaron a tener un grosor de ocho centímetros. Jamás se había escrito un mamotreto más indigesto.
La tropa y la marinería sólo podía comprender vagamente lo gigantesco del proyecto. Nadie podía abarcar de un solo golpe de vista cinco mil buques y diez mil aviones. Ni siquiera el Alto Mando aliado era capaz de calibrar directamente la inmensidad de la empresa. Todo estaba previsto……menos el tiempo atmosférico .

LA POSTERGACIÓN  .
El Día D era en principio el 5 de junio. Pero para desembarcar en esa fecha, algunas unidades debían zarpar  el viernes 2. Los hombres y el material tenían que salir de los campamentos y embarcar el mismo día. Todavía el 3 de junio podía aplazarse todo por 24 horas. Pero el alba del 4 ya era tarde, porque los barcos que irían a la cabeza ya estarían demasiado lejos para volver. Era necesario contar con una previsión atmosférica anticipada de 48 horas, y se reunió un comité de meteorólogos para facilitar el parte, el  más importante, sin dudas de cuantos se han hecho.
Todos los partes de mayo habían sido acertados. Pero de repente, el 1 de junio, el tiempo empeoró: cielo cubierto, nuboso, gris.
El  día 2  los meteorólogos advirtieron que por el Atlántico se acercaba un complicado sistema de tres depresiones.
El parte del día 3 anunciaba para los días 5,6 y 7 de junio que eran precisamente los únicos días disponibles a causa de la marea, vientos altos, nubes bajas y poca visibilidad.
Este parte, con todo el horrendo problema que encerraba, llegó el 3 de junio a las 9.30 horas donde Eisenhower conferenciaba con el Alto Mando aliado.
Los primeros barcos ya habían zarpado. Decenas de miles de hombres estaban incómodamente encerrados en los transportes y barcazas. Los campamentos estaban llenos en la retaguardia. La inmensa máquina se había puesto en marcha. Ahora había que seguir o pararla durante 24 horas. Ambas alternativas podían acarrear un desastre.
¿Qué hacer?
“O.K., ADELANTE “.
El comando aliado había programado todo, pero existía un elemento que escaba a su control: el tiempo atmosférico. Y éste casi lo obliga a postergar la operación .
Por el parte meteorológico y el criterio de los comandantes en jefe, la tarde del sábado 3 de junio parecía que la operación tendría que aplazarse.
Según estaba previsto, todo podía postergarse 24 horas. Pero Eisenhower estaba convencido de que aplazar la operación supondría un golpe duro, cruel, en la moral y condiciones físicas de la tropa que ya estaba navegando.
Por otra parte , cualquier  demora aumentaría el riesgo de que se les descubriera. El día terminó sin una decisión y Eisenhower citó para otra reunión al día siguiente.
El domingo 4, a las 4.30 de la mañana, el Alto Mando volvió a reunirse para  enterarse de la evolución del tiempo.  Las previsiones atmosféricas seguían siendo malas, aunque de momento, el tiempo continuara bueno.
Eisenhower ordenó que los buques que constituían el grueso de la fuerza postergaran su salida  24 horas y que regresaran los que habían zarpado. Pero la prórroga no resolvió el problema y el domingo en la noche Eisenhower se encontró de nuevo ante el terrible dilema, más difícil todavía: el tiempo era ahora decididamente malo e imposibilitaba la acción.
Pero los partes predecían que posiblemente el martes por la mañana mejoraría. No quedaba más remedio que intentar la acción el martes , día 6, con el clima que fuera, o prorrogar  la acción 15 días más, hasta que las mareas coincidieran de nuevo con el horario previsto.
Tampoco ahora se decidió Eisenhower. Lo haría al día siguiente, de madrugada. A las 4 de la madrugada del lunes dio la orden:   “O:K., adelante “.
Dada la orden de ejecución, despegados los aviones y zarpados los buques, el Alto Mando no tenía más que hacer por el momento.
Por falta de medios y de tiempo, el ejército aliado no pudo enviar a Inglaterra informes completos de lo que se estaba haciendo. Así se explica que el mismo Eisenhower, que estaba entonces en su cuartel general, no supiera, hasta mucho después de terminada la primera fase, cuál había sido el resultado de su decisión.
En el momento de comenzar la ofensiva, el Comandante Supremo, según cuenta su Ayudante de Campo, estaba en cama leyendo un cuento de cowboys. Era sin duda lo mejor que podía hacer entonces.
EN LA HORA DECISIVA .
Un vez recibida la orden, sobre el Canal de la Mancha la noche  comenzó a retumbar con el rugir de los aviones: se había puesto en marcha la invasión a la Europa de Hitler y las fuerzas aliadas sólo tenían una consigna : ¡adelante!.
A la cabeza iban los exploradores encargados de  iluminar las zonas de aterrizaje para los paracaidistas y la infantería de aviación, llevada en planeadores.
Detrás venían, en interminables formaciones, los imponentes ejércitos aliados transportados por el aire.
Abajo, en el mar, surcaban las oscuras aguas cinco grande convoyes que constituían el grueso de las fuerzas aliadas  de invasión: más de 5 mil embarcaciones atestadas de cañones, tanques, semitractores y soldados mareados pero resueltos. Se dirigían a Sword, June , Gold, Utah y Omaha, las cinco playas sobre las costas de Normandía que les habían sido asignadas.
Los alemanes habían sembrado las playas de invasión con una maraña de obstáculos submarinos, a fin de empalar y echar a pique los botes de desembarco.
En la arena se escondían cinco millones de minas para destruir tanques y tropas.
Detrás , en  los peñascos que dominaban las playas, en bloques y trincheras y fortines de hormigón, las fuerzas de Rommel apuntaban las ametralladoras y cañones de modo de batir los diversos sectores con fuego cruzado.
El tiempo de espera había concluido….Había llegado el tiempo de la acción.

DESCONCIERTO ALEMÁN  .
Tras la “muralla del Atlántico”, las tropas nazis percibieron inicialmente la invasión como algo difuso a lo que no se podía atribuir ningún sentido concreto.
Vagos rumores e informes confusos llegaban a los diferentes puestos del Séptimo Ejército alemán en Normandía; rumores que  los oficiales trataban de evaluar. Pero no había mucho sobre qué fundarse: figuras borrosas vistas por ahí, tiros de fusil hechos por acá, un paracaídas colgado de un árbol encontrado más allá……muchos indicios, pero ¿de qué? ¿Cuántos hombres habrían aterrizado….. dos….. doscientos? ¿Serían acaso tripulantes de los bombarderos aliados alcanzados por la artillería antiaérea  que se habían visto obligados a saltar? ¿O sería una serie de ataques de la Resistencia  francesa? Nadie lo sabía y, con tan escasa información, nadie en el Séptimo Ejército ni en el Decimoquinto, en la zona de Calais, se atrevía a dar una voz de alarma que más tarde pudiese  resultar infundada. Y, en esta incertidumbre, pasaban los minutos.
Aunque los alemanes no lo comprendiesen,  la presencia de paracaidistas en la península de Cherburgo significaba que el Día D había comenzado. Eran los primeros exploradores: 120 hombres especialmente adiestrados, cuya misión consistía en señalar “zonas de descenso” en una superficie de 130 kilómetros cuadrados detrás dela playa Utah, donde pudiera aterrizar el grueso de las tropas de asalto norteamericanas que llegarían una hora más tarde en paracaídas y planeadores. “Cuando pisen el suelo de Normandía- se les había advertido- sólo tendrán un amigo: Dios”.
A 80 kilómetros de allí, al extremo oriental del campo de batalla de Normandía, seis aviones ingleses cargados de exploradores, y seis bombarderos de la Real Fuerza Aérea remolcando planeadores, penetraron  sobre la costa.
El cielo estallaba en mortífero fuego antiaéreo y los invasores iban cayendo iluminados por fantásticos candelabros de luces de bengala. Dos de ellos lo hicieron en el prado frente a la casa que servía de centro de operaciones al general alemán Josef Reichert. Este jugaba cartas cuando los aviones cruzaron atronando  el espacio y salió preocupadamente al exterior, en compañía de otros oficiales, en el momento en que los dos ingleses tocaban tierra. El jefe nazi sólo atinó a decir.
¿De dónde salen ustedes?
A lo cual respondió uno de los ingleses:
Lo siento mi querido amigo. Hemos aterrizado aquí de pura casualidad
Pero el enemigo más siniestro en esos primeros minutos del Día D no fue el hombre, sino lo que éste había hecho con la naturaleza.
En la zona  británica, en la punta oriental del campo de batalla de Normandía, las precauciones tomadas por Rommel contra los paracaidistas surtían su efecto: había hecho inundar el valle del río Dives y las lagunas y pantanos que allí se formaron se convirtieron en  constantes amenazas de muerte. El número de víctimas que se tragaron aquellas charcas nunca se sabrá. Las ciénagas estaban cruzadas por un laberinto de zanjas de dos metros de profundidad y de 1.20 metros de ancho, cuyo fondo era una trampa de cieno. Quien caía en una de ellas, con el impedimento del fusil y del pesado equipo, era hombre muerto. Muchos se ahogaron teniendo la tierra a pocos metros.
Cerca de la una de la madrugada del día  6, sobre el sector de la costa de Normandía bautizado como Omaha comenzaron a pasar los aviones aliados en formación, oleada tras oleada era la vanguardia de la mayor invasión aérea jamás intentada…….. 882 aparatos que transportaban a 13.000 hombres. Con destino a seis zonas de descenso situadas tras la retaguardia alemana.
Los paracaidistas saltaban de sus naves luchando contra la adversidad de las circunstancias. Sus dos divisiones (la 82 y 101) se habían desparramado peligrosamente. Sólo un regimiento aterrizó con toda precisión. Habían perdido el 60 por ciento del equipo, incluso la mayoría de las radios, los morteros, las municiones.
Peor aún:  muchos soldados se habían perdido. Muchos otros perecieron ahogados en los traicioneros pantanos, arrastrados por el peso del equipo, algunos en 50 centímetros de agua.. Otros que saltaron demasiado tarde, cayeron al mar.
En la oscuridad, los norteamericanos se fueron reuniendo en distintos sitios, atraídos por el castañeo de las chicharras de lata que llevaban consigo. Gracias a estos juguetes saldrían de allí con vida. Un chasquido debía ser contestado con dos, y dos con uno. Al oír estas señales, los soldados iban saliendo de sus escondrijos para encontrarse con sus compañeros.
Aquellos momentos fueron de confusión para todos……., especialmente para los generales que se encontraron sin estado mayor, sin comunicaciones y sin tropas. Uno de ellos se vio rodeado de varios oficiales, pero con sólo tres soldados. “Jamás tan pocos han sido mandados por tantos”, les dijo.

EL ENEMIGO NO REACCIONA  .
Con todo, los alemanes seguían ciegos. Había muchas razones para ello: el mal tiempo; la falta de tropas de reconocimiento( los pocos aviones de reconocimiento que despacharon a reconocer los embarcaderos ingleses habían sido derribados); su firme convicción de que la invasión, en caso de haberla, se efectuaría  por el paso de Calais, el puerto francés más próximo a Gran Bretaña. Hasta sus estaciones de radar les fallaron aquella noche, pues los aviones aliados lograron trastornarlas arrojando sobre sus antenas una lluvia de tiras de estaño.
Solamente una estación dio un informe aquel día y decía: “Tráfico normal en el canal”.
Más de dos horas habían transcurrido desde que aterrizaran los primeros paracaidistas y apenas comenzaban a darse cuenta los jefes alemanes de que algo extraño estaba pasando: empezaban a recibir  informes dispersos.
  En el cuartel de Rommel  llegaban y se amontonaban los antecedentes venidos de todas partes  , algunos inexactos , otros incompletos, otros contradictorios .
La  Luftwaffe,  Fuerza Aérea Alemana, anunció la presencia de paracaidistas cerca de la ciudad normanda de Bayeux   . En realidad ninguno había aterrizado allí. Otros informes aseguraban que las tropas de invasión aérea no eran más que “maniquíes disfrazados de paracaidistas”.
Esta última observación era en parte acertada, porque al  sur de la zona de invasión de Normandía los aliados habían lanzado en paracaídas centenares de muñecos de goma que llevaban atados ristras de petardos que estallaban apenas tocaban el suelo dando la impresión de un enfrentamiento con armas de fuego.  Unos cuantos de estos muñecos iban a producir un gran efecto en el curso de la batalla en la playa OMAHA, que se desarrollaría más tarde. Harían creer a un general alemán que lo atacaban por la retaguardia y lo obligarían a enviar parte de las tropas, que le hacían falta en el frente, a repeler el fingido ataque por el sur.
En el cuartel de Rommel la gente se devanaba los sesos por entender qué significaba ese sarpullido  de puntitos rojos  que iban brotando en sus mapas. Si en verdad se trataba de una invasión , ¿ se dirigía contra Normandía? ¿No serían esos ataques simples amagos para distraer la atención del sitio en que  realmente iba a efectuarse?
 Pero mientras los alemanes se debatían en la duda, ya habían llegado los primeros refuerzos de las tropas de invasión.

ENTRE EL VALOR Y EL TEMOR .

Ya se acercaba la aurora, el amanecer que habían estado preparando 18.000 paracaidistas. En menos de cinco horas , éstos  lograron quizás más de lo que el general Eisenhower y la plana mayor aliada esperaban: los ejércitos transportados por aire habían desconcertado al enemigo, trastornando sus comunicaciones y ocupaban flancos de invasión de Normandía, bloqueando parte los refuerzos que pudieran llegarle.
Ahora aguardaban la llegada de los barcos para emprender con las fuerzas que venían la acometida conjunta contra la Europa de Hitler.
Todos aguardaban  este amanecer, pero nadie tan ansiosamente como los alemanes, porque ya habían comenzado a aclararse el tumulto de mensajes que llegaba a los cuarteles generales de Rommel y von Rundstedt, con un colorido nuevo y tenebroso.
A lo largo de la costa de invasión, las estaciones navales descubrían ruidos de barcos: no uno, o dos, como antes, sino centenares. Por más de una hora, sus comunicados continuaban llegando , siempre en aumento.
La verdad se les presentó de improviso con toda su aplastante magnitud: un oficial alemán realizaba sus observaciones de rutina desde su puesto de vigilancia en la playa OMAHA. Con  ademán de fastidio enfocó el anteojo hacia la izquierda y poco a poco fue recorriendo con la vista la línea del horizonte. Al llegar al centro de la bahía, paró bruscamente como petrificado.
A través de la neblina que se dispersaba alcanzó a ver que , del confín donde se juntan el cielo y el agua, surgían como por encanto infinidad de barcos: barcos de todos los tipos y tamaños imaginables, barcos que maniobraban tranquilamente, hacia adelante y hacia atrás, como si hubieran estado allí horas enteras. Eran millares, era una armada fantasma que brotaba como al conjuro de un encantamiento.
Pero los cientos de barcos eran reales. En las horas siguientes, desde sus entrañas comenzaron a surgir por miles los soldados ingleses, americanos , canadienses, neozelandeses, franceses, hacia la cabeza de playa que , de acuerdo a los planes del Alto Mando aliado, les correspondía ocupar.
Los aliados  habían logrado establecer una posición en el continente, precaria en un comienzo, pero que se haría más fuerte con el correr de los días. Ese punto de partida fue el que permitió a Eisenhower entregar su escueto parte:
“Fuerzas navales aliadas, apoyadas por fuertes contingentes aéreos, han comenzado  esta mañana a desembarcar tropas en la costa francesa, bajo el mando del general Eisenhower”.
A las 10.15 horas de ese mismo día  sonó el teléfono en la casa del mariscal de campo Erwin Rommel, en Herrlingen (Alemania). Lo llamaba el general Hans Speidel, jefe de su estado mayor, con el objeto de darle el primer informe completo acerca de la invasión. Rommel lo escuchó consternado.
No se trataba ya de una incursión cualquiera. Había llegado el tan esperado día. Aquel que, según él, sería “el más largo de la historia”. Para Rommel, hombre práctico, era claro que, aunque la lucha continuara por varios meses más, el juego se había perdido. El “día más largo”, que apenas empezaba, llegaba ya a su fin, y…. por una ironía del destino, el gran estratega alemán se hallaba al margen de la batalla en que se estaba decidiendo la guerra.
Así que Speidel terminó de informarle ,  todo cuanto Rommel pudo decir fue: “¡Qué estúpido he sido! ¡Qué estúpido soy!










Fuente: Diario La Tercera: Suplemento“Grandes EPISODIOS de la Historia: “El día D Desembarco en Normandía”. Santiago de Chile, s/f, pp 46